El poder de la oración

La oracionEl objeto de esta lección es aclarar la finalidad de la Oración. La Oración ha sido y es, generalmente, mal comprendida y sobre todo mal practicada. A consecuencia del uso que se hace de la Oración, en público o en privado, y de la errónea interpretación de su finalidad, muchos la consideran una práctica infantil e inadecuada a hombres y mujeres inteligentes.

Como hemos dicho, la Oración y el Silencio son una misma cosa y ambos deben penetrar en nuestra consciencia o en nuestro íntimo y así establecer perfecta comunicación con la Mente Universal o inteligencia Divina.

Debemos escoger una hora del día para la realización de esta práctica si queremos desenvolver los sublimes poderes de nuestra mente y de nuestra alma. Esto no significa que no podamos orar o entrar en Silencio a cualquier hora o en cualquier lugar, incluso entre las mismas multitudes. Lo indispensable es saber aislarse, eximirnos de todas las influencias externas y entrar en comunicación con la Divinidad Interna.

Algunas veces nos ponemos inconscientemente en actitud adecuada a la Oración, cuando estamos en peligro o en una situación difícil. Entonces, al sentirnos solos somos substraídos por nosotros mismos, aunque estemos rodeados de muchas personas.

Santiago dice: "Oremos por los otros para que sean curados". Muchos conocen el valor de la oración realizada en provecho propio, mas pocos conocen los beneficios adquiridos, cuando piden para los otros. Sientes muchas veces el deseo de orar por un semejante y no dudarás de que lo auxiliarás de este modo, mas tal vez ignores, que orando por los otros serás tú mismo beneficiado al mismo tiempo. Pablo, el apóstol de la Verdad Metafísica, dice:

"Ninguno de vosotros vive para sí mismo, ni tampoco muere para sí mismo". Esto nos demuestra "que no hay más que una mente, una ley, un principio, una substancia en el Universo y Yo soy Uno con todo lo que existe". Por esto, cuando oras por los otros, estás orando por ti mismo. Todo lo que en tu rezo pueda beneficiar a otros, vuelve en tu beneficio, y lo que pueda perjudicar, vuelve en tu perjuicio.

Si, al penetrar en el santuario secreto que existe en tu íntimo y en comunión con la inteligencia Universal, mantienes deseos amables y bondadosos para con alguien, atraerás influencias y pensamientos idénticos a los que estás emitiendo. Recibirás de acuerdo con lo que pides para el otro, y el otro, el beneficiario, recibirá en la proporción y cantidades merecidas de conformidad con el mensaje o el pensamiento que irradiaste.

Cuando hacemos un rezo por otro, no debemos asumir sus responsabilidades, ni someterle a nuestros caprichos o predominio. Al hacer una oración por quienquiera que sea, debemos tener el máximo cuidado de no pretender dominarlo, y mucho menos, imponerle nuestra voluntad. Tampoco podemos pedir o desear que deba someterse a nuestra idea religiosa o a nuestra manera de pensar sobre cualquier asunto. No obstante que se proceda con toda sinceridad, si la persona es sensitiva o negativa, la perjudicamos en vez de beneficiarla.

No tenemos el derecho de violar la ley del libre arbitrio, la Libertad Universal, que ni Dios restringe.

Al orar por otro sólo debemos pensar y desear que sea beneficiado y guiado de manera que disfrute los mejores provechos, de acuerdo con su estado o grado de desenvolvimiento, y que le sea concedido bienestar, tranquilidad y paz. Debemos permitirle la máxima libertad en la elección de las dádivas divinas.

En tu propia alma sentirás el beneficio que solicitas para los demás. Ruega para que se realice el bien ajeno. Pide salud para un enfermo, prosperidad para los que se esfuerzan en adquirirla. Todo lo que se pide sinceramente para otros, o lo que se desea de corazón que suceda a nuestros semejantes, cuando menos esperamos, nos sucede mejor que hubiésemos pedido para nosotros mismos.

Si deseas éxito, dáselo en tus oraciones a los otros. Si deseas paz, prosperidad, salud o sabiduría, pide para los otros. Así el beneficio será doble, porque beneficiarás a los otros y a ti mismo.

La oración debe ser un deseo que se sienta en el alma. Toda oración o deseo será satisfecho o realizado toda vez que no se verifique un cortocircuito. La duda y la falta de fe en general es la causa de ese cortocircuito. Mas la duda y falta de fe no deja de ser un pequeño temor.

Para evitarnos esa duda, o sea, para adquirir una fe inquebrantable debemos pedir de preferencia aquello que nos parezca más viable o tengamos más certeza de que va a suceder. Así aprenderemos a tener confianza en nosotros mismos y al mismo tiempo a fijarnos en nuestro subconsciente y después quedaremos convencidos de que nuestros ruegos y nuestros rezos serán atendidos.

Debemos comenzar pidiendo todo lo que se nos figura más fácil o tengamos la certeza de que suceda. Sabemos, por ejemplo, que un comerciante, un hombre de negocios es feliz en su comercio, debemos pedir que le sea permitida mucha felicidad y prosperidad. Sabemos que un doliente está en franca y visible convalecencia, pensemos para que se restablezca completamente. Así tendremos más probabilidades de alcanzar lo que deseamos y, de este modo, iremos solidificando nuestra fe en los resultados de nuestras oraciones.

Así se mata la duda y se vivifica la fe. Debemos regocijarnos con la prosperidad ajena. Esta sensación de placer por la prosperidad de los otros crea iguales circunstancias dentro de nuestra propia vida. Suplica lo que tengas certeza de obtener, para que consolides tu fe e instruyas a tu mente subconsciente.

Pidiendo lo que sabemos o estamos casi seguros de que va a suceder nos habituaremos gradualmente a pedir lo que no sabemos si se realizará, no obstante, nuestro subconsciente sabrá que se ha de realizar. Así, más tarde, pediremos para los otros lo que nos parece imposible y nuestras súplicas serán oídas.

Despierta en tu corazón el deseo del bien para los otros. Procede siempre de esta manera, hasta en la calle para con los desconocidos transeúntes. Reza, de todo corazón, por la prosperidad y bienestar de ellos, para que todo les vaya bien. Ora así, conscientemente, científicamente en todo momento, hasta que te conviertas en un foco radiante de oración y bendición tan intenso que todos los que se aproximen a tí sientan la vibración de tu benéfica influencia, porque transformaste a tu propia alma en una llama hermosa y expresiva de lo Divino en tí. No obstante, ten cuidado, no asumas las responsabilidades ajenas.

Que tu sentir no se perturbe con la desgracia y el sufrimiento ajenos. Mantén tu serenidad y no te aflijas, porque enflaqueces y puedes, inconscientemente participar de sus desgracias. Piensa que las experiencias por las que ellos pasan, por más duras que sean no se pueden eximir. Es KARMA, creaciones propias, producidas por los malos pensamientos. Pensemos siempre bien.

Dicen que orar es sentir. Sólo lo que se siente constituye la oración y nunca lo que se dice o piensa ligeramente. Entonces es fácil, por medio de una oración, causarle perjuicio a quien se quiera hacer un beneficio. Basta que guardemos un pequeño rencor o resentimiento, o una simple animadversión hacia una persona, y oremos por ella, para perjudicarla y perjudicarnos, porque el sentimiento que experimentamos en el momento de orar es lo que constituye la oración y no las palabras dirigidas por la mente consciente.

En este caso es mejor dejar de pedir por esas personas, o hacerlo solamente después de una sincera reconciliación y cuando sean el corazón y el alma los que sientan la espontánea necesidad de pedir por ellas, y no nuestros labios hipócritas.

Como la oración es lo que se siente, debemos vigilar no sólo nuestros pensamientos, sino también nuestros sentimientos. Cuando experimentemos adversión por una persona, es mejor no orar por ella, porque la perjudicamos. Orar es sentir y no lo que los labios dicen; por este motivo es que las oraciones y los rezos de las iglesias y de las reuniones públicas no pasan de ser vanas pretensiones.

Las oraciones dictadas por la fe son siempre oídas, porque fe es SENTIR y SENTIR es crear.

La oración tiene su asiento en la consciencia, en el alma y el alma es sensitiva. La oración es una sensación o SENTIR, y de este modo puede ser benéfica, maléfica o inocua. Puedes orar muchas veces por una criatura que tu mente consciente repudiase, esto es, encontrarte en actitud de silencio sintiendo y deseando inconscientemente, lo que no desearías en plena consciencia, y esto atraería su equivalente.

Cuando sientas, reconsideres, medites sobre cualquier cosa, sea por temor o deseo, estás orando y si persistes en ese pensamiento, esa oración será escuchada, quiero decir atendida, buena o mala, para el bien o para el mal. Nuestra vida no es más que la suma total de esas oraciones, de esos pensamientos materializados.

Puedes estar fomentando o sentir, esto es, visualizando una cosa que muchas veces no deseas que se realice, pero si persistes y no cambias de sentir, tu deseo se realizará o manifestará en tu vida irremisiblemente. En nuestra vida se manifiesta todo aquello que es deseable e indeseable, desde que se fija en nuestro pensamiento, pues ese pensamiento así fijo o repetido constantemente imprime en nuestro subconsciente el deseo o el sentir de modo que, algún día, se pueda manifestar.

La ley es inexorable, y no nos absuelve por haber sido inoportunos o inconscientes en nuestro modo de pensar y de orar. Nuestro bien o nuestro mal emanan de la misma fuente. La substancia es la misma, no obstante, nosotros como artistas que somos le damos la forma. Si la amoldamos contra la ley, la culpa es nuestra.

Es verdad también, que muchas veces deseamos una cosa que jamás se realizará. Esto acontece porque el deseo tuvo su origen y expresión en la mente consciente o cerebro, y en cuanto permanece en ese plano de acción no pasará de ser un simple deseo que nunca se materializará.

No obstante, un verdadero deseo cuando es protegido por lo sagrado se convierte en sensación, esto es, en deseo que se siente en el alma. En un comienzo todo deseo es simple, pero mantenido o conservado por algún tiempo en la mente consciente acaba por penetrar en la mente subconsciente y allí se transforma en sentir o verdadero deseo.

Nuestro modo de pensar es el que imprime en nuestro subconsciente nuestros deseos y nuestras sensaciones. Es fácil de percibir los conflictos que agitan nuestros deseos; la sensación de miedo y de duda son las más difíciles de combatir, aunque sepamos que todo eso no es más que una condición mental.

Si abrigaste un deseo hasta el punto de grabarlo en el subconsciente, esto no quiere decir que esté garantizada su manifestación. No, porque de paso con ese deseo penetró, tal vez, la duda o el miedo, causa del cortocircuito que mata la expresión de los deseos. El miedo y la duda son los mayores enemigos del deseo.

Las cosas cuyas realidades aspiramos DEBEN SER CONCEBIDAS EN ESPIRITU. Las concepciones espirituales son muy delicadas, se perturban y destruyen fácilmente. Cultiva tus mejores deseos. Cuando tengas uno procura mantenerlo intacto en tu mente por el mayor tiempo posible, pero enseguida que comiencen a entrometerse otros pensamientos diferentes al sentir que mantienes, déjalo en paz. Apártalo totalmente de tu mente. Hazlo volver a los 5 ó 10 minutos o una hora después; no obstante, en el momento es preferible abandonarlo y pensar en otra cosa.

No importa que te satisfagas por mucho tiempo con el perfume de tus deseos, porque a mayor incentivo más fácilmente se realizarán. Mas no olvides que tan deprisa penetre en tu mente una idea negativa, morirá porque el deseo enflaquece y, si se persiste en el pensamiento negativo, no se realizará.

Para que tu alma tenga consciencia de la Verdad dedica algunos instantes del día a la práctica del Silencio. Cuando entres en Silencio, siéntate confortablemente y donde nadie pueda molestar. Cruza tus pies, junta las manos cruzando los dedos y equilibra tu cabeza sobre los hombros.

Después de haber hecho la afirmación de que "Yo soy uno con todo lo que existe", etc., puedes pedir lo que premeditaste, siempre que estés dentro de la moral más pura. Repite mentalmente tu súplica por algún tiempo procurando sentir en el alma el deseo de lo que pides. Finalizada la práctica, olvida lo pedido y procura olvidarlo por completo, a fin de evitar que surja alguna duda. Sé firme en lo que pides y aguarda con alegría y optimismo la realización de tus deseos. Aparta inmediatamente de tu mente los pensamientos inferiores que, si acaso aparecen, van contra tu voluntad. Así se atraen a los Maestros. V.M. Huiracocha.

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