El origen del hombre

Origen del hombreEsta noche, amigos, vamos a comenzar nuestra plática, en relación precisamente con el enigma del hombre, que es necesario conocer con el propósito de formarnos una idea clara sobre sí mismos.Ante todo, conviene que tratemos de conocer el origen del hombre: de dónde vino y cuál fue, pues, el motivo fundamental de su existencia.

Mucho es lo que se ha dicho sobre el hombre y es necesario entrar en un terreno más profundo. Actualmente vive, sobre la faz de la Tierra, una población de cerca de unos cuatro mil quinientos millones de personas; lo que puebla la faz de la Tierra, obviamente es la Raza Aria.

Los continentes actuales están densamente poblados: Europa, América, Asia, Africa, Oceanía, son cinco continentes donde se desenvuelve una humanidad. Y preguntamos nosotros ¿de dónde ha salido esta humanidad, cuál es su origen? ¿Piensan acaso, ustedes, que esta humanidad que puebla los cinco continentes, tuvo su origen en los mismos?

Se encontraron restos humanos en las grutas de Grimaldi y Cromagnon y se ha tratado de reconstruir la historia, o la prehistoria, sobre las razas de Grimaldi y de Cromagnon.

Se han encontrado osamentas de gigantes. En el Brasil se encontró una figura, o un esqueleto humano, pues, de varios metros, seis a siete metros de estatura; en distintas partes se han encontrado esqueletos de gigantes. También se han encontrado esqueletos sobre todo en las cavernas de Cromagnon, de seres humanos que parecen simplemente gorilas, orangutanes, o algo por el estilo. De todo esto se ha deducido, equivocadamente, que la raza humana posiblemente venga de los simios, o de los “changos”.

La teoría de Darwin tuvo mucha resonancia en su época y se pensó que el hombre venía del mono. Este asunto inquieta mucho a la humanidad de tiempo en tiempo, se trata de saber si el hombre vino del mono, o el mono vino del hombre ¿quién vino de quién? Por épocas, se apacigua esta inquietud; por épocas, resurge nuevamente la misma inquietud.

Por ahí un pseudo-científico, una especie de “nene consentido de mamá”, tuvo la idea de que la raza humana venía de los salvajes decía él, y claro, esto “le gusto mucho a mamá”, pero al fin y al cabo no resolvió nada. ¿Quién vino de quién? No pienso que toda esta población, de los cuatro mil quinientos millones que puebla al mundo actualmente, haya venido de estos cinco continentes. No lo pienso, porque resulta que el mundo ha cambiado su fisonomía varias veces. Antes de tener esta fisonomía que ustedes ven en el mapa o en cualquier hemisferio, tuvo otra fisonomía distinta.

Hay mapas más antiguos; existen mapas diferentes que se han encontrado en otros rincones del mundo, donde la fisonomía de la Tierra aparece distinta. Así que, no ha tenido siempre los mismos continentes, ni ha tenido siempre la misma fisonomía. En otro tiempo, tuvo otra fisonomía distinta: lo que hoy son Polos, era Ecuador, y lo que hoy es Ecuador, fue Polos. Entonces los actuales continentes no existían, o existía parte de ellos que surgían del fondo de los mares, y había un continente densamente poblado, que estaba ubicado en el océano Atlántico. Así que, la fisonomía del mundo era distinta. Entonces no creo, en modo alguno, que el origen de la raza humana esté en los actuales continentes.

Cuando la raza humana se desenvolvió en la antigua Atlántida, fue muy diferente. Los simios, o especie de hombres-simios encontrados en las grutas de Cromagnon y de Grimaldi y otras cavernas, pertenecen más bien a descendientes involucionados, a degeneraciones de la raza de los atlantes. Yo digo que así como existe la evolución en las plantas y la involución también, que así como existe evolución en los animales e involución también, o en los humanos, etc., también tiene que existir la evolución y la involución en las civilizaciones.

Por ejemplo, cuando uno platica con ciertas tribus del mundo, situadas ya en el Occidente o en el Oriente, se da cuenta que tienen tras de sí enormes civilizaciones, que tienen o conservan, en su memoria, leyenda que corresponden a sus antepasados antepasados ya desaparecidos, de antiquísimas civilizaciones y hablan de tales antepasados con mucho éxtasis. Los mismos caníbales, que parecen tan primitivos, tras de sí tienen tradiciones enormes: conservan tradiciones de épocas inmemoriales, de enormes ciudades, etc., etc.

Entonces, no son “primitivos”; son sencillamente degenerados, involutivos, ciertas tribus muy crueles y sanguinarias, salvajes, son involuciones, o descendientes de antiguas civilizaciones. Es difícil encontrar, hoy en día, gentes verdaderamente primitivas, y es que las razas humanas evolucionan e involucionan. Antes de que existieran estos cinco continentes, repito, existía la Atlántida. Hoy por hoy, estamos muy enamorados de la civilización moderna: nos maravillan sus cohetes atómicos que viajan rumbo a la Luna, o a la esfera de Júpiter, o al mundo Venus; nos sorprenden los experimentos atómicos, las investigaciones fisiológicas, el estudio sobre las células vivas, etc. Estamos tan fascinados nosotros con estos experimentos, que firmemente hemos llegado a la conclusión de que es la civilización más poderosa que ha existido en el mundo. 

Hemos caído en una especie de “sistema geocéntrico”, digo así porque en otros tiempos, ustedes saben muy bien que se creía que todos los astros giraban alrededor de la Tierra, en la Edad Media, pues nosotros hemos caído en una especie así como de “geocentrismo”, cuando pensamos que toda la historia del mundo tiene que girar alrededor de nuestra tan cacareada civilización. Pienso que se necesita una especie de “geocentrismo moderno”, de un nuevo Newton que sea capaz de demostrarnos que nuestra tan cacareada civilización no es más que una de las tantas y tantas civilizaciones que han existido en el planeta Tierra. Un día llegará en que se podrá demostrar esto concretamente.

Hay sistemas, hay métodos, por medio de los cuales uno puede evidenciar el hecho de que tras de la civilización nuestra, que parece tan “relumbrona”, existió otra civilización más poderosa que la nuestra. Bueno, quiero referirme ahora, en forma enfática, a los famosos Anales Akáshicos de la Naturaleza, a la Memoria de la Naturaleza y es que la Naturaleza tiene memoria.

Los experimentos con el “Carbono-14”, por ejemplo, nos han demostrado que la Luna es más antigua que la Tierra, y también nosotros podemos demostrar que hay sistemas mediante los cuales es posible leer las Memorias de la Naturaleza: Los Registros Akáshicos son una realidad, un día caerán en manos de los científicos; no lo niego. Nosotros, los gnósticos, tenemos procedimientos mediante los cuales podemos estudiar los Registros Akáshicos de la Naturaleza. Quien quiera estudiar esos Registros Akáshicos, tendrá que desarrollar en forma extraordinaria el “Loto de los Mil Pétalos”, que está relacionado con la glándula Pineal el Chacra Sahasrara y los poderes latentes que se hallan en la glándula Pituitaria, el “Loto de los Dos Pétalos” y de las 96 radiaciones. Este par de glandulitas son extraordinarias, desarrolladas, nos dan acceso al “ultra”, a las extrapercepciones, y también a los Registros Akáshicos de la Naturaleza.

Cuando uno estudia los Registros Akáshicos de la Naturaleza, ve en ellos una especie de “películas vivientes”, a modo de “películas vivientes”, toda la historia de la Tierra y de sus razas. Los sabios que han podido estudiar los Registros Akáshicos, saben que la Atlántida fue una realidad, que fue un enorme continente que se extendía desde el Sur hacia el Norte. Este gigantesco continente sirvió de escenario para la raza que nos precedió en el curso de la Historia.

Me refiero a la gran raza de los atlantes, que era una raza de gigantes, por eso es que la leyenda de los siglos nos habla de Briareo, “el de los cien brazos”, una raza de verdaderos cíclopes. Tal raza llegó a tener una civilización poderosa, millones de veces más poderosa que la nuestra.

En materia de trasplantes, trasplantaban vísceras de toda especie: hígados, riñones, corazón, y lograron hasta el trasplante de cerebros, eso fue formidable. En el campo de la física nuclear, consiguieron el alumbrado atómico en forma masiva. Todas las ciudades usaban el alumbrado atómico: los campos estaban iluminados por energía nuclear, sus casas por energía atómica.

Dentro del terreno de la mecánica, puedo asegurarles que sus automóviles no sólo eran anfibios, sino que podían también volar por los aires y eran propulsados por energía nuclear; extraían la energía, no solamente del Uranio y del Radio, sino de muchos otros metales, y de muchos granos vegetales también y les salía muy barata. En materia de navegación aérea, tuvieron naves más poderosas que las actuales: verdaderos barcos voladores, o buques volantes, propulsados por energía nuclear.

Viajes a la Luna, lo hicieron mejores que los que están haciendo ahora “tirios” y “troyanos”. Tuvieron cohetes atómicos sorprendentes. Con los que viajaban a la Luna, y no solamente descendían en la Luna aquellos astronautas: descendían también en cualquier planeta del Sistema Solar. De manera que nosotros no les damos ni a los talones; con nuestra tan cacareada civilización y esta pseudo-sapiencia moderna, no les damos ni a los talones, no servimos ni para limpiarles el polvo de los zapatos a los atlantes.

En cuestiones de anatomía y de biología, hicieron progresos que ni remotamente sospechamos. Ketabel, “la de los tristes destinos”, una reina atlante, logró conservarse viva, y con toda su juventud, durante miles de años. Desgraciadamente, y he ahí cómo se inició la decadencia de la civilización atlante, ella estableció una “antropofagia solar”, digna de lamentarse. Así comenzó la degeneración o involución de los atlantes. Se sacrificaron entonces, doncellas, jóvenes, etc., a los dioses, con tales o cuales propósitos. Luego esos cadáveres, cualquier cadáver sacrificado joven, era llevado al laboratorio y allí se le extraían determinadas glándulas que necesitaba la famosa Ketabel, “la de los tristes destinos” y esas glándulas servían para reemplazar glándulas gastadas de Ketabel.

Pero no solamente se extraían, de los cadáveres, simplemente las glándulas físicas; no. Hoy los famosos científicos modernos están tan degenerados, que ya no saben manejar los principios de la vida. Los sabios atlantes sí sabían manejar los principios vitales, contenidos en las glándulas endocrinas; no ignoraban los sabios atlantes que las vibraciones del Eter, o mejor dijéramos los Tatwas, entran en las glándulas endocrinas, o pequeños micro laboratorios que producen hormonas y jamás vuelven a salir de allí porque se transforman en hormonas, eso no lo ignoraban jamás los sabios atlantes. Sabían manejar esos Tatwas o vibraciones del Eter Universal: cuando hacían un transplante de glándulas a Ketabel, lo hacían conjuntamente con el manejo de los Tatwas, pues manipulaban las vibraciones del Eter o principios de la vida.

De manera que esos científicos eran inmensamente superiores a los endocrinólogos modernos, que nada saben de estas cosas, que ignoran hasta la existencia de los Tatwas, pues nunca se han tomado la molestia de estudiar a Ramá-Prasad, o al Dr. Krumm Heller.

Fueron enormemente aventajados los atlantes. Existía una universidad atlante maravillosa. Quiero referirme, en forma enfática, a la Sociedad Akaldana, una verdadera universidad de sabios. Estos estudiaron la Ley del Eterno Heptaparaparshinock, la Ley del Siete, a la maravilla; aprendieron a concentrar los rayos solares para hacerlos penetrar en determinadas cámaras, sabían transformar los siete colores del prisma solar, es decir, sacar la “positiva” o “diapositiva” de los rayos del prisma solar.

Una cosa es ver los siete colores prismáticos, y otra es transformarlos en forma positiva, sacarles “la positiva”. Los científicos modernos han estudiado los siete colores fundamentales del espectro solar, pero no les han sacado la diapositiva a esos siete colores. Los sabios Atlantes sabían sacarle la “positiva real” a los siete colores del prisma solar, y con esa “positiva” de los siete colores, realizaban verdaderos prodigios.

Recuerdo, al efecto, el caso de dos sabios chinos que hicieron experimentos también al estilo atlante, con los siete colores del espectro solar. Sacando “la positiva”, por ejemplo, de los siete colores, pusieron –por ejemplo–, opio ante un rayo coloreado, y luego vieron cómo el opio se transformaba en otra substancia, Pusieron un pedazo de bambú, humedecido en determinada substancia ante un color azul positivo no negativo del espectro solar, y se vio cómo ese bambú se teñía firmemente con el color azul. Se hizo pasar, por ejemplo, el sonido tales notas: la nota “Do”, “Re”, o “Mi”, en combinación con determinado color, y se vio cómo la nota alteraba el color, le daba otro color completamente diferente.

Se usaron los siete rayos, en su forma positiva, para realizar prodigios en el continente Atlante; se estudió a fondo la Ley del Eterno Heptaparaparshinock. Un sabio, que usaba leche de cabra mezclada con resina de pino sobre una placa de mármol, vio como al descomponerse aquella leche con la resina, formaba siete capas distintas, e indujo en la Atlántida a estudiar la Ley del Eterno Heptaparaparshinock, la Ley del Siete.

Los atlantes, pues, consiguieron hacer verdaderas maravillas en el terreno de la ciencia; eran científicos y eran magos a la vez: creaban un robot y a ese robot lo dotaban de un Principio Inteligente, de un elemental vegetal o animal que hacía las veces de alma o espíritu del robot. De manera que aquellos robots se convirtieron en verdaderas criaturas vivientes que servían a sus amos, a sus señores. Esa raza atlante existió antes de que existiera la actual raza humana. Tuvieron enormes ciudades, pero desgraciadamente degeneraron, como ya dije: crearon la bomba atómica y aún armas más mortíferas, y en la guerra se devastaron ciudades enteras, múltiples ciudades se convirtieron en un holocausto, pero en holocaustos atómicos

Si creemos ser nosotros los sabios más grandes del universo, pues estamos equivocados, porque tras de nosotros existió una raza más poderosa, más civilizada, más culta. En verdad que nosotros, junto a ellos, no somos sino bárbaros, incivilizados e incultos. ¡Lástima que la Atlántida se haya degenerado, y es que toda raza nace, crece, se desarrolla y muere! En la decadencia de la raza atlante, sucedieron cosas horribles: la humanidad degeneró los en vicios por cierto, en el homosexualismo, en el lesbianismo, en las drogas, etc., etc., etc. Se abusó de todo, ya en el tiempo de la degeneración, y obviamente tenía que ser destruida esa raza. ¿Que tuvo siete subrazas? Nadie lo puede negar, pero al fin degeneró.

Los sabios de la Sociedad Akaldana hicieron experimentos notables; fueron los primeros que usaron la Esfinge, que colocaron frente a la universidad. Mucho más tarde, en el tiempo, cuando los sabios de la Sociedad Akaldana comprendieron que una gran catástrofe de acercaba, emigraron a un pequeño continente que se llama Graboncsi; me refiero al continente africano, que en principio era pequeño. Más tarde nuevas tierras, que emergieron del fondo de los mares, hicieron grande al continente de “Graboncsi”, hoy Africa.

Los miembros de la Sociedad Akaldana se situaron, al principio, hacia el sur del continente africano; después emigraron hacia “Cairona”, hoy el Cairo. En las tierras de Nívea, del Nilo, o de Egipto, allí establecieron su famosa universidad y la Esfinge frente a la misma. Las garras del León de la Esfinge, representan el Fuego; la cabeza de la Esfinge, representa el Agua; las patas de Toro de la Esfinge, representan al elemento Tierra; las Alas de la Esfinge, representan el elemento Aire. Cuatro son las virtudes que se necesitan para poder llegar, uno, a la Auto-Realización Intima del Ser: hay que tener el valor del León, la inteligencia del Hombre, las alas del Espíritu y la tenacidad del toro. Sólo así es posible llegar a la Auto-Realización Intima del Ser. La Sociedad Akaldana en Cairona, hoy el Cairo, estableció un templo de Astrología. Entonces se estudiaban los astros, no con telescopios, como se hace hoy en día, sino con el sexto sentido.

Cuando se examinan las pirámides, sobre todo la Gran Pirámide, se ven, a modo de “tubos”, ciertos canales que van desde el fondo, desde la profundidad de una cripta subterránea hacia arriba, hacia la parte superior de la pirámide. Mucho se ha pensado o conjeturado sobre tales “canales”, pero esos eran telescopios, y el observatorio no estaba arriba, sino abajo, en el fondo mismo de la cripta. Allí se ponía un recipiente con agua; en determinada fecha se sabía que tal astro sería visible, y ciertamente se reflejaba en el agua. Los adeptos de la Astrología observaban en el agua el astro en cuestión, no solamente con las facultades físicas, sino también con las psíquicas. En vez de mirar hacia arriba, miraban hacia abajo, hacia el agua, y allí en el agua, con el sexto sentido, estudiaban los astros.

Los hermanos de la Sociedad Akaldana, los grandes sabios, eran astrólogos muy sabios; nacía un niño, y de inmediato le levantaban su horóscopo. No horóscopos al estilo moderno, no horóscopos meramente convencionales y muy cotizados; no, aquello era muy distinto: los sabios astrólogos miraban los astros directamente. Con procedimientos que hoy se ignoran, podían leer el horóscopo de los niños y en un ciento por ciento jamás fallaban en sus profecías y en sus cálculos.

A los niños se les casaba en Cairona desde recién nacidos; ya se sabía cuál iba a ser su esposa y se les desposaba. No quiere decir que por tal motivo fueran a vivir juntos desde un principio, pues eso sería absurdo, pero ya sabía, la niña recién nacida, cuál iba a ser su marido, y el varón, a su tiempo y a su hora, era informado de quien iba a ser su mujer. Cumplida la mayoría de edad, se les unía en matrimonio.

Los ciudadanos se orientaban, con precisión matemática y bajo la dirección de aquellos astrólogos, en su profesión, en su oficio, en su ocupación. Sabían ellos muy bien para qué había nacido cada ciudadano, para qué servía cada hombre, pues todo hombre sirve para algo. Lo importante es saber para qué sirve, y estos sabios astrólogos sabían para qué servía cada criatura que nacía y nunca fallaban ¡eran sabios de la Sociedad Akaldana!

Ellos salieron de la Atlántida, antes de que los terremotos y maremotos hicieran estremecer aquel continente. Salieron a tiempo, pues sabían demasiado el fin que se acercaba. Claro, cuando vino la revolución de los ejes de la Tierra, cuando los Polos se convirtieron en Ecuador, cuando el Ecuador se convirtió en Polos, cuando los mares se desplazaron y la Atlántida se resquebrajaba en pedazos para sumergirse en el fondo del tenebroso océano, los atlantes, incuestionablemente, ya habían sido advertidos. Fue entonces cuando las multitudes, espléndidamente vestidas, se reunieron en los templos, uno de ellos fue el templo de Ra-Mu. 

Enjoyadas las mujeres, y los hombres espléndidamente vestidos, clamaban diciendo: “¡Ra-Mu, sálvanos!” Al fin, apareció Ra-Mu en el altar. Esas multitudes lloraban, pidiéndole: “¡Sálvanos! Ra-Mu les contestó: “Vosotros pereceréis, con vuestras mujeres y con vuestros hijos, con vuestros bienes y con vuestros esclavos; ya os lo había advertido, ¿a qué viene esta súplica? Y así como ustedes morirán, así también vendrá una nueva civilización que se levantará en tierras nuevas –refiriéndose a nuestra raza Aria–, y si ellos proceden como ustedes han procedido, perecerán también. Es necesario saber que es más indispensable dar que recibir, y saber dar que recibir”.

Total, de nada sirvieron las palabras de Ra-Mu. Cuentan que el humo y las llamas ahogaron sus últimas palabras: se hundió la Atlántida, con todos sus millones de habitantes. Hoy yacen palacios enteros, allá en el fondo del océano, y sirven de habitáculo a las focas y a los peces; ciudades enteras se hallan sumergidas en el fondo del océano Atlántico. Pereció ese gigantesco continente, más grande que toda América junta, desde el Canadá hasta Argentina y Chile. ¡Enorme continente, con una poderosa civilización!

Así que nosotros, señores, no tenemos nada muy especial. La civilización actual no es la primera, tampoco será la última; ni es la más elevada, ni será la más grandiosa; hasta ahora ha sido la más pobre, la más degenerada.

¿Podemos nosotros, actualmente, conquistar el espacio? ¿Ya somos capaces de viajar en cohetes atómicos a Marte, a Mercurio, o a Venus? ¿Que está en proyecto? Sí, pueden haber lindos proyectos, pero actualmente, ¿ya lo hacemos? En materia de trasplantes, ¿ya se trasplantan cerebros? ¿Ya somos capaces de crear robots, dotados de Principios Inteligentes? ¡Nada de eso; nosotros no tenemos por qué tener la presunción de ser los más poderosos, y esta, nuestra tan cacareada civilización moderna, perecerá; y de toda esta perversa civilización de víboras, no quedará ni piedra sobre piedra! Babilonia la Grande, la madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la Tierra, será destruida antes de muy poco tiempo. ¡Nos sentimos muy grandes con nuestros aviones supersónicos, creemos que somos los “amos de la creación”, pero antes de poco no quedará nada, absolutamente nada, de esta perversa civilización de víboras!

Así que, antes de que existiera esta raza que puebla los cinco continentes, existió la raza Atlante. Descendientes de la Atlántida, están los Mayas, por ejemplo. Los Mayas emigraron, ya hacia el Tíbet, ya hacia Egipto, ya hacia Centro-América. ¡Parece increíble, pero en el Tíbet todavía se habla Maya, y el lenguaje Maya es un lenguaje sagrado-ritual del Tíbet. Recordemos que el Naga y el Maya son muy similares.

Jesús de Nazaret aprendió Maya en el Tíbet. Aquella frase de Jesús: “Heli, Heli, Lamah Zabactani”. “Señor, Señor –dicen algunos–, cómo me habéis glorificado” Otros dicen “Señor, Señor, ¿por qué me habéis abandonado?” Bueno, tal frase no es hebrea. Por eso, cuando los judíos escucharon que el Cristo decía “Heli, Heli, Lamah Zabactani”, se dijeron a sí mismos: “Este llama a Elías, para que venga a salvarle”. ¿Qué lenguaje es este? No entendieron, creyeron que llamaba a Elías para que viniera a salvarle. Sin embargo, cualquier indiecito de Yucatán o de Guatemala, le traduce a usted la frase “Heli, Heli, Lamah Zabactani”, porque resulta que es Maya, no es hebrea. Por eso no la entendieron los judíos, y significa, de acuerdo con los Mayas y la traducción que ellos le dan: “Me oculto en la prealba de tu presencia”, es una frase ritual Maya.

Los Turanios, también fueron sobrevivientes de Atlántida, desdichadamente dedicados a la magia negra. Lograron llegar también hasta el Tíbet para colmo de los colmos, como llegaron otros descendientes, como los escogidos Arios y emigraron hacia la Persia antigua. La Gran Ley al fin pudo vencerlos y fueron destruidos. Los Piel-Roja son descendientes de la Atlántida; nuestros antepasados antiguos: nawatl, zapotecas, toltecas, etc., vinieron originalmente de la Atlántida; casi todas las tribus de América, descienden de Atlántida.

Así que, a medida que uno avanza en estos estudios, se da cuenta de que la raza actual no tuvo su origen como muchos suponen en los mismos continentes que habitamos, se da cuenta que la raza actual viene de otra raza, viene de la Atlántida. No viene de los simios, de los orangutanes, de los “changos”, como supone, neciamente, Mr. Darwin y sus secuaces; desciende –repito–, del tronco Atlante, y eso está demostrado.

Pero los Atlantes, con toda su poderosa civilización, a su vez no descienden del continente Atlante. La Atlántida, con toda su civilización, fue grandiosa, pero los Atlantes no descienden de Atlántida: descienden de Lemuria. La Lemuria fue un continente aun más antiguo que el continente Atlante. Los lemures habitaron en un continente que existió en el océano Pacífico. Trátase de un gigantesco continente que se extendía en aquel mar enfurecido: un enorme continente que cubría casi toda el área del Pacífico, más grande que la Atlántida, más grande que la Europa, más grande que el Asia.

La civilización lemur, obviamente también fue poderosa. Los lemures eran una raza de gigantes ciclópeos, de cíclopes, normalmente podían tener estaturas de cuatro, cinco y seis metros. Eran gigantes, era la raza de los gigantes. La Lemuria, tuvo también una poderosa civilización, enorme, formidable. En la Lemuria se levantaron enormes ciudades, ciclópeas, rodeadas de murallas de piedra y de lava de volcanes.

Muchas gentes habitaron también en los campos, como ahora. Al principio, en la época pre-lemúrica, podemos decirles a ustedes que existió una raza de hermadroditas, de hermafroditas lemures. La división en sexos opuestos, fue en la época post-lemúrica. Así, podemos dividir la Lemuria en dos mitades, o la raza lemúrica en dos tiempos: primer tiempo, existencia de los hermafroditas; segundo tiempo, división de la raza en dos sexos.

Miremos la raza humana en principio, como hermafroditas, no existían los sexos separados, la raza era hermafrodita. Entonces cada individuo sagrado lemur, tenía los órganos sexuales, masculino y femenino, totalmente desarrollados, se reproducían mediante el sistema de “gemación”: aquel hermafrodita eliminaba de sus ovarios, naturalmente, mediante el “menstruo”, en determinado tiempo, un óvulo o huevo perfectamente desarrollado, del tamaño que puede ser como el de un ave, con su envoltura calcárea, completa. Ese huevo, colocado en un ambiente especial, dentro de su interior, gestaba una nueva criatura. Y al fin, cuando esa criatura salía del cascarón, se alimentaba de los pechos del padre-madre, normalmente.

Así se reproducían los lemures. El acto sexual no existía, porque cada individuo era completo, por sí mismo. Su reproducción era mediante el sistema de “gemación”. Más sucedió que, cuando llegó la época post-lemúrica, se vió claramente que algunos niños nacían con un órgano sexual más acentuado que otro, algunos nacían en el órgano masculino más desarrollado que el femenino, o viceversa, y tal proceso se fue haciendo cada vez más notorio, hasta que al fin sucedió que nacieron niños unisexuados: varones o hembras. Pero este proceso división en sexos opuestos, se realizó a través de varios millones de años, no fue de la noche a la mañana.

Por eso se dice que Eva fue sacada de la costilla de Adán. Es un símbolo, para representar la división en sexos opuestos. Cuando ya vino la división total en sexos opuestos, entonces se necesitó de la cooperación para crear. El “menstruo” siguió existiendo en la mitad femenina, en el elemento femenino, pero ya ese óvulo nacía infecundo, o venía infecundo. Se necesitaba la cooperación con el sexo masculino, para que el óvulo fuera fecundado y así poder reproducir la especie.

Los Elohim creadores, los “Kumarats”, reunían a las gentes para la reproducción, en determinadas épocas del año. Era de admirarse cómo esas razas, esas tribus, viajaban de uno a otro lugar para asistir en determinadas fechas a los templos donde debían reproducirse. El acto sexual jamás se realizaba fuera del templo; ese sacramento solamente se realizaba en el templo, era un sacramento del templo, y las parejas, hombre y mujer, en los patios empedrados de los templos, se unían sexualmente para crear, bajo la dirección de los “Kumarats”.

La humanidad gozaba de las facultades espirituales: podía percibir, perfectamente, todas las maravillas de la Naturaleza y del Cosmos. Su capacidad de visión le permitía ver la mitad de un “holtapamnas”, es decir, la mitad de las tonalidades del color universal; bien sabemos nosotros que un “holtapamnas” consta de cinco millones y medio de tonalidades del color. El oído era penetrante, como para poder captar las sinfonías del Universo; el olfato era tan agudo, que podía perfectamente sobrepasar al de los perros hoy en día. Era una humanidad que podía usar en su alfabeto, 51 vocales y 300 consonantes articulables.

No había degenerado, pues, el poder del Verbo, de la Palabra; se hablaba en el lenguaje universal, que tenía poderes sobre el fuego, sobre el aire, sobre las aguas y sobre la tierra. Era una humanidad superior, millones de veces superior a la nuestra: construyó poderosas civilizaciones y también supo utilizar la energía del átomo y de los rayos cósmicos; tuvo naves, con las que viajó a través del espacio infinito, naves maravillosas.

Cualquier ser humano, en la Lemuria, podía vivir de doce a quince siglos, es decir, algo más de mil años. Era una raza fuerte, vigorosa; podía, perfectamente, agarrar una enorme piedra y lanzarla con gran fuerza, allá lejos; una piedra que hoy necesitaríamos nosotros, para moverla, de una poderosa grúa, y quizás ni con la grúa lo hiciéramos. Así que, los lemures fueron una raza vigorosa, muy fuerte. Sin embargo, el origen de la raza de los lemures tampoco estuvo en el Pacífico, como se cree. Los antepasados de la Lemuria estuvieron en el continente Hiperbóreo, que como especie de herradura, cierra alrededor del Polo Norte y del Polo Sur.

En el continente Hiperbóreo existió una raza poderosa de andróginos –ya no de hermafroditas, sino de andróginos–. No era una raza que simplemente, pudiera posarse sobre la corteza terrestre, como los lemures; no, los hiperbóreos fueron diferentes: flotaban en la atmósfera, en la atmósfera de aquellos días. Sin embargo, crearon su civilización, muchos han pensado que los hiperbóreos jamás conocieron la guerra, pero en realidad de verdad sí hubo una raza de hiperbóreos que supo hacer guerras.

Entonces, los reinos mineral, vegetal, animal y humano, se mezclaban mucho. Existían minerales-vegetales y vegetales-minerales, animales-vegetaloides y vegetaloides-animales. En cuanto a los seres humanos, eran completamente andróginos; podían alargar sus cuerpos a voluntad, hasta tomar enormes estaturas, o disminuirlos hasta el estado de punto matemático.

 Se reproducían como se reproducen los corales, así se reproducían, es decir, por “brotación”. Bien sabemos que hay plantas que pueden reproducirse por simple brotación: que siembra uno un retoño, y crece y se desarrolla. Así también, de aquellos cuerpos podía nacer algún brote que luego se desprendía y daba origen a una nueva criatura que se alimentaba del padre-madre.

Fue una raza muy guerrera de hombres altos y delgados. Protegidos con grandes escudos y empuñando lanzas, usaban armas desconocidas y peleaban contra otras tribus. Los hiperbóreos vivieron en una época muy distinta de la historia del mundo. Poseían la visión espiritual totalmente desarrollada, es decir, tenían la glándula pineal sobresaliente, que les permitía ver el “ultra” de todas las cosas.

Si pensamos en que una planta es el cuerpo físico de un elemental, entonces, cada planta tiene alma y el alma de cada planta es un elemental vegetal. Los hiperbóreos, cuando miraban un bosque, nos lo veían como lo vemos nosotros hoy en día, como un conjunto de árboles, o algo por estilo, sino que para ellos ese bosque era un bosque de gigantes, con enormes manos que como las de Briareo “el de los cien brazos”, se movían a derecha e izquierda. Aquel bosque no era algo silencioso, sino que se escuchaban por aquí, por allá y acullá, las voces de los colosos o gigantes, es decir, las voces de los elementales de los árboles gigantescos.

Es otro modo de ver las cosas, no como las vemos ahora, con esta vista degenerada, con esta vista miserable que poseemos, que solamente ve la cosa física, sino que era otra vista: era la vista que nos permitía ver las dimensiones superiores de la Naturaleza y del Cosmos; era una vista diferente, penetrante, omnisciente; veíamos la Tierra como era y no como aparentemente es, no como la estamos viendo ahora.

Había sabiduría y conocimientos, superiores a los que ahora poseemos. Todo lo que sabemos nosotros ahora, no sirve más que para estructurar un poco el intelecto, y eso es todo. Los hiperbóreos eran más sabios y estaban gobernados por el Super-Hombre, por los Super-Hombres de todos los tiempos y de todas las edades. Tuvieron reinos y civilizaciones, pero tampoco su origen racial estaba en el continente Hiperbóreo. Ellos sabían que sus antepasados habían quedado atrás, en el tiempo. Los antepasados de los hiperbóreos fueron los hombres protoplasmáticos, los hombres polares, los hombres glaciares de la primera raza. Esta vivió en el casquete del Polo Norte.

Uno no puede menos que reírse del “protoplasma de la pizca de sal” de Haeckel y sus secuaces, que creen que de allí vino el protoplasma, el molúsculo, el moluscoide y siguió la evolución. De acuerdo con el dogma inquebrantable de la evolución, aceptado por Darwin y sus secuaces, no, el protoplasma tiene más antigüedad. Tampoco es el protoplasma hallado, –aquel de otros autores– “flotando en el océano”. No, pensemos en el hombre protoplasmático, pensemos en la raza protoplasmática, que existió en la “Isla Sagrada”, en esa Isla que fue la primera en existir y que será la última en dejar de existir.

Quiero referirme a la “Tierra Nórdica”, a la “Tierra de Cristal” como dijeran nuestros antepasados de Anawak, a la lejana “Thule”, al continente ese que está cubierto ahora por hielo del Polo Norte, dicho continente ocupaba, en aquella época, la zona ecuatorial del mundo, puesto que la posición era diferente: el Ecuador actual era Polo y los Polos eran Ecuador.

Habían enormes y profundos bosques, y se creó una gigantesca civilización polar. La Tierra era de un color azul magnífico, bellísimo: las montañas eran transparentes como el cristal. La raza humana se reproducía por el sistema ese que conocemos todavía, en nuestro organismo, en la sangre: el de la “división celular”. 

Bien sabemos que una célula se divide en dos y comienza el proceso de gestación de los nueve meses. La Célula Germinal se divide en dos, las dos se dividen en cuatro, las cuatro en ocho, y así comienza el proceso de gestación, el proceso de división celular. Todavía existe ese proceso en nuestra sangre. ¿Por qué existe? Porque existió, y los hombres polares se reproducían con ese proceso: en determinado tiempo, el organismo del padre-madre se dividía en dos –como se divide la célula viva– y así se reproducían, por el proceso, pues, de división celular.

Cuando nacía una criatura se festejaba aquello, como un gran acontecimiento. En los templos se reunían los hierofantes, para trabajar sobre los elementos, y los símbolos esotéricos se usaban en aquélla época en forma diferente, para indicarnos que la vida iba hacia la materialización, hacia lo físico. Los hombres de la época Polar, podían alargar su cuerpo a voluntad o achicarlo, hasta convertirlo como un punto matemático. Eran andróginos, y tan pronto podían poner a flote el aspecto femenino para aparecer como hermosas damas, o sumergir dentro de sí mismos, el aspecto femenino, para hacer aflorar, poner a flote el aspecto masculino. 

Es decir, eran verdaderos andróginos divinos: en su imaginación se reflejaba el firmamento estrellado. Platicaban con los Dioses de la Aurora del Mahamvantara cara a cara, parlaban en el Verbo de Oro, que “como un río de oro corre bajo las selvas espesas del Sol”. Entonces Uriel, gran Maestro venido de Venus, les enseñó las Artes y las Ciencias. Uriel dejó un libro escrito con Runas, libro que estudiaron entonces, los hombres de la época Polar –o de la época primaria, si se le quiere llamar así–, de la raza Protoplasmática.

Todo eso está escrito en los Registros Akáshicos de la Naturaleza. Si ustedes desarrollan la Epífisis y la Hipófisis, con ese par de glándulas y debidamente concentrados, podrán revisar todos estos escritos, podrán verificar, por sí mismos, lo que actualmente estoy diciendo.

¿De dónde salió la raza Polar, cuál fue su origen? Ellos sabían muy bien, que se habían desenvuelto en una época anterior, o que habían vivido, pues, en una dimensión superior, en la Cuarta Coordenada; ellos sabían que allí habían actuado y habían conocido los misterios del Universo. Y los hombres de la Cuarta Coordenada no ignoraban que habían venido de la Quinta, y los hombres de la Quinta Coordenada no ignoraban que habían venido de la Sexta Coordenada, y los hombres de la Sexta Dimensión no ignoraban que habían venido de la Séptima, y los hombres de la Séptima dimensión no ignoraron jamás que se habían desarrollado desde el Germen Original Primitivo. De manera que el Germen Elemental, Atómico, Primitivo de la raza humana, existía antes de que existiera el Universo, existía entre el Caos.

Todos los gérmenes de la raza humana, de los elementos vegetales y de las especies animales, estaban entre el Caos; antes de que existiera el Universo, esos gérmenes dormían en el Caos. Cuando el Universo se estremeció con el Verbo, cuando el Verbo Creador del primer instante puso en movimiento todos los átomos, esos gérmenes surgieron de entre el Caos: hicieron su primera manifestación en la Séptima Dimensión, se cristalizaron y desenvolvieron un poco más en la Sexta, luego en la Quinta, posteriormente en la Cuarta y llegó el día en que aparecieron tales gérmenes ya con cierto desarrollo en nuestro planeta Tierra, posados sobre una Tierra Protoplasmática, como simples protoplasmas vivientes.

De manera que la raza humana viene del Caos, se desenvolvió en el Caos, se desarrolló en el Caos y existe actualmente. Un día, los organismos humanos regresarán al estado germinal primitivo y volverán al Caos –del Caos salieron y al Caos volverán–. Un día nuestra Tierra fue un protoplasma; más tarde, nuestra Tierra será un cadáver, una nueva Luna, después de la séptima raza. Entonces la vida se desenvolverá en las esferas superiores y volverá al Caos, porque del Caos salió y al Caos habrá de volver. Hasta aquí mi plática de esta noche. Los que quieran preguntar algo, pueden hacerlo con la más entera libertad.

P.- ¿Cuál fue el origen de la división de los sexos? R.- La división de los sexos tenía que realizarse debido a que los entes divinales, Seres, necesitaban forzosamente tener vehículos masculino o femenino aparte, para su propio auto desarrollo y experiencia individual. Esa es la causa espiritual.

P.- ¿Cómo podemos viajar por la cuarta dimensión con el cuerpo físico? R.- Anoche precisamente dimos aquí una conferencia sobre esto y explicamos lo que es la Cuarta Vertical y cómo entrar conscientemente con cuerpo físico en la Cuarta Dimensión. Dijimos anoche que es posible que el cuerpo físico entre en la Cuarta Vertical, dimos una clave, hablamos precisamente sobre Harpócrates o Harpócratis. Dijimos que si uno se concentraba profundamente en Harpocrates a tiempo de dormirse, dijimos que si uno imaginaba un huevo de color azul y que si con su imaginación se sentía como un pichón dentro de ese huevo imaginado, dijimos que si la concentración era profunda, e invocábamos a Harpócratis, llegaría un momento en sentiríamos una especie de “rasquilla” en el cuerpo, si nos rascábamos perdíamos la oportunidad –todo eso lo dijimos explicándolo aquí–. 

Si en tales instantes se sentía uno como inflado, como regordete y se levantaba de su cama lleno de fe, penetraría con ayuda de Harpócrates o Harpócratis en la Cuarta Vertical donde podría estudiar los misterios de la vida y de la muerte. Hablamos ampliamente anoche sobre la Ciencia Jinas. Hoy no me propongo hablar tanto sobre de la Ciencia Jinas, puesto que hoy estamos hoy hablando exclusivamente sobre Antropología Gnóstica. ¿Algún otro tiene algo que preguntar?

P.- En ese “Caos” que usted menciona, ¿desde allí se empezaron a gestar los “yoes”? R.- Los “yoes” nada tienen que ver con el Caos; son una creación diabólica de nosotros, de nuestros errores, de nuestros defectos, aquí y ahora. El Caos es el Caos y la razón de ser del Caos, es el mismo Caos. El Caos es sagrado; allí están latentes los Gérmenes de la Vida, allí se desarrollan y desde allí se desenvuelven y descienden luego de dimensión en dimensión, hasta aparecer aquí, en forma concreta. ¡Eso es todo! ¿Alguna otra pregunta?

P.- Maestro, quisiera preguntarle si hay alguna documentación escrita sobre la conferencia que acabamos de escuchar de sus labios. R.- Yo escribí, alguna vez, un “Mensaje de Navidad” (1.968-69), donde hablo de todo eso. A ver si, de pronto, les hago llegar a ustedes ese “Mensaje de Navidad” donde yo escribí sobre todo eso.

Sin embargo, hay otros autores que han dilucidado mucho sobre cuestiones de Antropogénesis. Muy especialmente, puedo recomendarles el segundo volumen de “La Doctrina Secreta”, titulado “Antropogénesis”, cuya autora es la Maestra Helena Petronila Blavatsky. También Rudolf Steiner, por ejemplo, en su “Tratado de Ciencia Oculta”, da muchas luces sobre el particular. Yo puedo hablarles a ustedes sobre esto ampliamente, debido al hecho concreto de que esto que estoy explicando, lo he vivido. De manera que no necesito estudiarlo para decirlo: lo he vi-vi-do, y no he ampliado hoy todo el tema, lo que quisiera, porque nos echaríamos toda la noche; no alcanzaría ni en mil noches acabaría yo de explicarles a ustedes todo el desarrollo de este Universo, desde que surgió del Caos. En todo caso, lo he vivido y lo conozco por experimentación directa.

¿Alguno de ustedes tiene algo más que preguntar? P.- Algunos autores hablan del “Caos” y del “Cosmos”. ¿Hay diferencias, entre uno y otro? R.- Del Caos sale el Cosmos. Indubitablemente, mediante la Ley del Tres, es decir, mediante el Santo Triamasikamno, es posible realizar creaciones de unidades nuevas. Cuando las tres fuerzas –positiva, negativa y neutra–, inciden todas en un punto dado, se realiza una creación. No sería posible la creación de cualquier unidad cósmica nueva, sin la conjunción de esas tres fuerzas que forman, en sí mismas, el Santo Triamasikamno. 

Estas tres fuerzas son: el Santo Afirmar, el Santo Negar, el Santo Conciliar. Pero crear es una cosa y organizar es otra cosa. Se puede crear, pero si no hay organización, ¿de qué serviría la creación? Para qué un Cosmos (que significa entre paréntesis, “orden de mundos”) surja a la existencia, se necesita de otra Ley. Quiero referirme, en forma enfática, a la Ley del Eterno Heptaparaparshinock, es decir, la Ley del Siete. Mediante la Ley del Santo Triamasikamno se hace la creación, pero mediante la Ley del Siete se hace la organización de lo que se ha creado en la forma de un Cosmos.

Así pues, nuestro Sistema Solar existe gracias a dos leyes: primera, la del Santo Triamasikamno; segunda, la del Eterno Heptaparaparshinock. Gracias a esas dos leyes, existe actualmente nuestro Sistema solar y nuestro planeta Tierra. Del Caos surgió, pues, un Cosmos y del Caos surgen todos los cosmos. Luego de las tinieblas, sale la luz. ¿Alguna otra pregunta? Bueno, como no hay más preguntas, daremos por terminada esta plática. ¡Paz Inverencial!

“Nuestra actual quinta raza-raíz, las multitudes Arias que habitan sobre la faz de la Tierra, separadas de su tallo-padre –los atlantes–, tiene ya algo más de un millón de años de existencia y se encuentra en vísperas de su aniquilación total. Cada raza-raíz tiene siete sub-razas y cada sub-raza posee, a su vez, siete ramificaciones o familias. Las pequeñas tribus, retoños y brotes de éstas últimas son innumerables y dependen de la acción del Destino” Samael Aun Weor

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