Los pecados de la lengua

SantiagoSantiago dijo que lo mismo que el bocado que se le pone al caballo controla todas sus acciones, así el hombre ha de controlar su lengua si quiere ser fiel en todo cuanto dice. No puede admitirse, por incoherente, que un cristiano use su boca para alabar a Dios y a la vez la emplee para maldecir. Hermanos míos, no queráis ser muchos los maestros, sabiendo que recibiremos un juicio más severo. Todos faltamos de muchas maneras. Si uno no falta en las palabras, es un hombre perfecto, capaz de refrenar también todo su cuerpo.

Metemos el freno en la boca a los caballos para que nos obedezcan y podamos así dirigir todo su cuerpo. De la misma manera, las naves, que, aun siendo tan grandes y azotadas por vientos impetuosos, son dirigidas por un pequeño timón, según la voluntad del piloto. Así también la lengua es un pequeño miembro que se atreve a grandes cosas. Observad que una pequeña chispa puede incendiar un bosque inmenso. La lengua también es un fuego, un mundo de iniquidad.

La lengua puesta en medio de nuestros miembros infecta todo nuestro cuerpo e inflama el curso de la vida cuando está inflamada por la gehenna. Toda clase de bestias y de aves, de reptiles y de peces es domable, y ha sido de hecho domada por los hombres. Pero nadie ha podido domar nunca la lengua: es un azote irrefrenable, llena de veneno mortífero. Con ella bendecimos al Señor, nuestro Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca salen las bendiciones y las maldiciones.

Pero no debe ser así, hermanos míos. ¿Acaso, una fuente hecha por el mismo caño agua dulce y amarga? Acaso hermanos míos, la higuera puede producir aceitunas y la viña higos? El agua salada no dará jamás agua dulce. ¿Quién es sabio y experimentado entre vosotros? que muestre, con su buena conducta, su dulzura y su sabiduría. Pero si tenéis en vuestros corazones envidia amarga y espíritu de disputa, no os gloriéis ni mintáis contra la verdad. Esta sabiduría no viene de arriba, sino que es terrena, sensual, endemoniada.

Pues donde hay envidia y espíritu de disputa, allí hay desorden y toda clase de obras malas. La sabiduría de arriba, por el contrario, es ante todo pura, pacífica, condescendiente, conciliadora, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. El fruto de la justicia se siembra en la paz para los que obran la paz.

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