Los Siete Radicales del Fuego y el Sello Hermético

7 radicales del fuego“No hay duda de que en la Aurora de cualquier creación, nuestro “Purusha” que es el “Anciano de los Días”, el Ser del Ser se desdobla convirtiéndose por tal motivo en el Padre-Madre. Tampoco hay duda de que la pareja original Osiris e Isis, mediante un acto supremo sexual, en la “fragua encendida de Vulcano”, dan origen al tercero, es decir, al Fohat, al fuego, y este a su vez hace fecunda a la materia caótica para que surja la vida.

Más escrito está que Fohat, la llama que emana de Osiris e Isis, se desdobla a su vez en los siete Radicales, en los Siete Hermanos Igneos que están dentro de nosotros mismos, aquí y ahora. El uno es el físico, otro es el Vital; tercero los principios ígneos del Astral, el cuarto los del Mental, el quinto los del Causal, el sexto los del Buddhi y el séptimo los de Atman”.

Ante todo es necesario comprender a fondo lo que es realmente el Cristo Cósmico. Urge saber, en nombre de la verdad, que el Cristo no es algo meramente histórico. Las gentes están acostumbradas a pensar en el Cristo como un personaje histórico que existiera hace 1.977 años. Tal concepto resulta equivocado, porque el Cristo no es del tiempo, el Cristo es atemporal. El Cristo se desenvuelve de instante en instante, de momento en momento; Cristo, en sí mismo, es el Fuego Sagrado, el Fuego Cósmico, Universal.

Si nosotros rastrillamos un cerillo, brotará el fuego. Los científicos dirán que el fuego es el resultado de la combustión, más eso es falso; el fuego que brota del cerillo está contenido en el cerillo, sólo que con la frotación lo liberamos de su prisión y aparece. Podríamos decir que el fuego, en sí mismo, no es el resultado de la combustión, sino que más bien la combustión es el resultado del fuego.

Conviene entender, mis caros hermanos, que a nosotros lo que más nos interesa es el Fuego del Fuego, la Llama de la Llama, la Signatura Astral del Fuego. La mano que mueve al cerillo o para que aparezca la llama, tiene fuego, vida; si no, no podría moverse. Después de que el cerillo se apaga, la llama sigue existiendo en la Cuarta Vertical. Los científicos no saben qué cosa es el fuego; lo utilizan, pero lo desconocen.

Tampoco saben lo que es la electricidad; la utilizan, pero no la conocen. Por eso mismo, queridos hermanos, conviene que ustedes entiendan lo que es el fuego. Antes de que la aurora de la creación vibrara intensamente, el fuego hizo su aparición.

Recuerden ustedes, mis queridos hermanos, que hay dos Unos. El primer Uno es Aelohim, el segundo es Elohim. El primero Uno es el Inmanifestado, el Incognoscible, la Divinidad que no se puede pintar, ni simbolizar, ni burilar, y el segundo Uno, el que brota del primer Uno, es el Demiurgo Arquitecto del Universo, el Fuego.

Quiero que entiendan que uno es el fuego que arde en la cocina o en el altar, y otro es el fuego del Espíritu como Aelohim o como Elohim. Elohim es, pues, el Demiurgo, el Ejército de la Voz, la Gran Palabra. Cada uno de los Constructores del Universo es una Llama viva, es Fuego vivo, escrito está que “Dios es un fuego devorador”. El Fuego es el Cristo, el Cristo Cósmico.

Elohim, en sí mismo, ha brotado de Aelohim: Elohim, en sí mismo, se desdobla para iniciar la manifestación cósmica en el Dos, en su Esposa, en la Madre Divina, y cuando el Uno se desdobla en dos, surge el Tres, que es el Fuego. Las criaturas del fuego hacen fecundo al Caos para que surja la vida. Siempre que el Uno se desdobla en Dos, aparece el Tercero: el Fuego. El Fuego hace fecundas las aguas de la existencia y entonces el Caos se convierte en el Andrógino Divino.

Así que, conviene entender que el Ejército de la Voz, el Ejército de la Palabra es Fuego, y que ese Fuego vivo, ese Fuego viviente y filosofal que hace fecunda a la materia caótica, es el Cristo Cósmico, el Logos, la Gran Palabra. Empero, para que el Logos venga a la manifestación, el Uno debe desdoblarse en Dos, es decir, el Padre se desdobla en la Madre, y de la unión de los dos opuestos nace el tercero: el Fuego. Ese Fuego es el Logos, el Cristo, que hace posible la existencia del Universo en la aurora de cualquier creación.

Sí, mis queridos hermanos, conviene que entendamos mejor lo que es el Cristo, que no nos contentemos con recordar la cuestión meramente histórica, porque el Crestos es una realidad de instante en instante, de momento en momento, de segundo en segundo. El es el Creador; el Fuego tiene poder para crear los átomos y para desintegrarlos, el poder para manejar las fuerzas cósmicas universales, etc. El Fuego tiene el poder para unir todos los átomos y crear universos, así como el poder para desintegrar universos. El mundo es una bola de fuego que se enciende y se apaga según leyes.

Así que, el Cristo es el Fuego. Por eso sobre la cruz verán ustedes las cuatro letras: I.N.R.I., que significa “ignis natura renovatur integram”, el Fuego Renueva Incesantemente la Naturaleza. Ahora creo que ustedes van entendiendo por qué a nosotros nos interesa la Signatura Astral del Fuego, la Llama de la Llama, lo Oculto, el aspecto esotérico del Fuego. Y es que el Fuego en realidad es crístico, y tiene poder para transformar todo lo que es, todo lo que ha sido y todo lo que será. INRI es lo que nos interesa, sin INRI no es posible que nosotros nos cristifiquemos.

Les decía anoche que el Cristo Intimo, el Cristo Cósmico, tiene que dar tres pasos de arriba hacia abajo, a través de las siete regiones del Universo. También les decía anoche que el Cristo debe dar tres pasos de abajo hacia arriba –he ahí el Misterio de los tres pasos y de los siete pasos de la masonería–. Es una lástima que los hermanos masones hayan olvidado esto. En todo caso el Crestos, el Logos, resplandece en el cenit de la media-noche espiritual, así como en el ocaso o en el Oriente, y cada una de esas tres posiciones es respetada en las siete regiones.

El místico que se guía por la Estrella de la Media Noche, por el Sol Espiritual, sabe lo que significan esos tres pasos dentro de las siete regiones. Pensemos también en el Sol, pensemos en el rayo y pensemos en el Fuego  he ahí las tres lumbreras, los tres aspectos del Logos en las siete regiones. Cuando el Uno se desdobla en el Dos, surge el tercero, y este es el Fuego que crea y vuelve nuevamente a crear. Este tercero puede crear con el poder de la palabra, con la palabra solar, con la palabra mágica, con la palabra del Sol Central. ¡Así crea el Logos!

Es por medio del Fuego como podemos nosotros cristificarnos. Inútilmente habrá nacido el Cristo en Belem si no nace en nuestro corazón también; inútilmente habrá sido crucificado y muerto y resucitado en la Tierra Santa, si no es crucificado también y muerto y resucitado en nosotros. Necesitamos encarnar al Crestos Cósmico, al Espíritu del Fuego, hacerlo carne en nosotros. En tanto no lo hayamos hecho, estaremos muertos para las cosas del Espíritu, porque El es la Vida, es el Logos, es la Gran Palabra: Heru-Pa-Kroat. El es Vishnú; la palabra “Vishnú” viene de la raíz “Vish”, que significa “penetrar”, El penetra en todo lo que es, ha sido y será. Necesitamos que penetre en nosotros para que nos transforme radicalmente. Sólo por medio del fuego lograremos nosotros aniquilar al Ego. Quien pretenda aniquilar al Ego únicamente con el intelecto, marcha por el camino del error.

Obviamente, necesitamos auto-conocernos, si es que queremos cristificarnos, y si queremos auto-conocernos para lograr la cristificación, necesitamos auto-observarnos, observarnos a sí mismos, vernos a sí mismos. Sólo por ese camino será posible llegar un día a la desintegración del Ego. El Ego es la suma total de todos nuestros defectos: ira, codicia, lujuria, envidia, orgullo, pereza, gula, etc. Aunque tuviéramos mil lenguas para hablar y paladar de acero, no alcanzaríamos a enumerar todos nuestros defectos cabalmente.

Decía que tenemos que auto-observarnos para auto-conocernos, porque si nos observamos a sí mismos descubriremos nuestros defectos psicológicos y podremos trabajar sobre ellos. Cuando alguien admite que tiene una psicología, comienza a observarse y esto le convierte de hecho en una criatura diferente. Yo quiero que entiendan esta noche, mis queridos hermanos gnósticos, la necesidad de aprender a observarse a sí mismos, de verse a sí mismos. Pero hay que saberse observar, porque una es la observación mecánica y otra es la observación consciente.

Alguien, que conociera por primera vez nuestras enseñanzas, diría: “¿Pero qué gano con observarme? ¡Esto es aburridor! He visto que tengo ira, he visto que tengo celos, ¿y qué?” Claro está, así es la observación mecánica. Nosotros necesitamos observar lo observado. Repito: necesitamos observar lo observado, y esto ya es observación consciente de nosotros mismos.

La observación mecánica de sí mismos no nos conducirá jamás a nada, es absurda, inconsciente, estéril. Necesitamos la auto-observación consciente, sólo así, verdaderamente, podremos auto-conocernos para trabajar sobre nuestros defectos. ¿Que sentimos ira en un instante dado? ¡Vamos a observar lo observado! –la escena de ira–. No importa que lo hagamos más tarde, pero vamos a hacerlo. Y, al observar lo observado, lo que vimos en nosotros, sabremos realmente si fue ira o no fue, porque pudo haberse provocado algún síncope nervioso que tomamos por ira. ¿Que de pronto fuimos invadidos por los celos? ¡Pues vamos a observar lo observado! ¿Qué fue lo que observamos? ¿Tal vez que la mujer estaba con otro tipo? Y si es mujer, ¿que tal vez vio a su hombre con otra mujer y sintió celos? 

En todo caso, muy serenamente y en profunda meditación, observaremos lo observado para saber si realmente existieron o no existieron los celos. Al observar lo observado, lo haremos a través de la meditación y de la auto-reflexión evidente del Ser. Así esa observación se torna consciente. 

Cuando uno se hace consciente de tal o cual defecto de tipo psicológico, puede trabajarlo con el Fuego. Tendría uno que concentrarse en Stella Maris María, Tonantzin, Rea, Cibeles, etc., ella es una parte de nuestro propio Ser, pero derivado. Ella es la serpiente ígnea de nuestros mágicos poderes, la cobra sagrada fuego ardiente, ella, con sus poderes flamígeros, podrá desintegrar el defecto psicológico, el “agregado psíquico” que nosotros hayamos auto-observado conscientemente. Si tal hacemos, la Esencia o Fuego embotellado en el “agregado psíquico” resplandecerá, será liberado, y a medida que vayamos desintegrando los “agregados” los porcentajes de Esencia –que son Fuego Crístico– se multiplicarán y un día el Fuego resplandecerá dentro de nosotros mismos, aquí y ahora.

Necesitamos que el fuego arda en nosotros; solo INRI nombre sagrado puesto sobre la cruz del mártir en el Calvario puede quebrar los “agregados psíquicos”. Aquellos que pretenden desintegrar todos esos “agregados psíquicos” sin tener en cuenta al Fuego, marchan por el camino equivocado, y no solamente andan mal, sino que también extravían a los demás. Se dice que el Crestos nació en la aldea de Belem hace mil novecientos setenta y siete años, lo cual es falso, porque la aldea de Belem no existía en aquella época. Belem viene de una raíz caldea: “Bel”, y “Bel” es el fuego, la “Torre de Fuego caldea”.

En nuestro cuerpo la torre es la cabeza y el cuello, porque el resto del cuerpo es el templo. Quien ha logrado elevar el Fuego sobre sí mismo, quien lo ha podido levantar hasta la cabeza, hasta el cerebro, hasta el tope, de hecho podrá convertirse en el Cuerpo del Crestos, que es el Fuego, el Espíritu del Fuego. Y es el Espíritu del Fuego, ese Espíritu original, primigenio, quien podrá cristificarnos totalmente. El fuego o fohat, ardiendo dentro de nosotros, nos transformará totalmente. Una vez que el Fuego arda dentro de nosotros, seremos cambiados totalmente, seremos convertidos en criaturas completamente diferentes, seremos convertidos en seres distintos, y entonces gozaremos de la iluminación plena y de los poderes cósmicos.

Así que, entendido esto mis caros hermanos, debemos trabajar con el Fuego. “Al que sabe, la palabra da poder; nadie la pronunció, nadie la pronunciará, sino solamente aquel que lo tiene encarnado”. El Cristo, el Espíritu del Fuego, no es un personaje meramente histórico; es el Ejército de la Palabra, es una fuerza que está más allá de la personalidad, del Ego y de la individualidad; es una fuerza como la electricidad, como el magnetismo, es un poder, un gran agente cósmico, universal; es la fuerza eléctrica que puede originar nuevas manifestaciones. Ese Fuego Cósmico entra en el hombre que esté debidamente preparado, en el hombre que tenga la torre esa de Bel ardiendo. 

Cuando el Cristo encarna en un hombre, este se transforma radicalmente. El es el Niño-Dios que debe nacer en cada criatura. Así como él nació en el Universo hace millones de años para organizar totalmente este Sistema Solar, así también debe nacer en cada uno de nosotros. El nace en ese “establo” de Belem, es decir, entre los animales del deseo, entre los “agregados psíquicos” que necesita quebrantar, porque solo el fuego puede quebrantar tales “agregados”. Así, el fuego aparece donde están esos “agregados” para destruirlos, para volverlos polvareda cósmica y liberar el Alma, a la Esencia. ¿Cómo podría él liberar el Alma si no entrara profundamente en el organismo humano?

En el Oriente, Cristo es Vishnú, y repito: la raíz: “Vish” significa “penetrar”. El fuego, el Cristo, el Logos, puede penetrar profundamente en el organismo humano para quemar las escorias que tenemos dentro. Pero necesitamos amar al Fuego, adorar al Fuego, rendirle culto a la Llama. Por eso es que, en nuestros trabajos de concentración, invocamos a la Serpiente Ignea de nuestros mágicos poderes, porque solo con el fuego podemos quebrantar todos los “elementos psíquicos indeseables” que en nuestro interior cargamos. El frío lunar nunca podrá quebrantar a los “agregados psíquicos”; necesitamos de los poderes flamígeros del Logos, necesitamos de INRI para transformarnos.

Sí, mis caros hermanos que esta noche están reunidos conmigo: entiendan que estamos en Semana Santa y que la Semana Santa tiene siete días. En los tiempos antiguos todo se regía por el calendario solar: Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno, y los días eran: Lunes, Miércoles, Viernes, Domingo, Martes, Jueves y Sábado. Desgraciadamente, ese calendario fue alterado por gentes fanáticas medievales.

La Semana Santa es profundamente significativa. Recuerden los siete y los tres pasos de la masonería. El Cristo debe arder, primero que todo, en nuestro cuerpo humano; más tarde la llama debe depositarse en el fondo del Alma y por último en el fondo del Espíritu. Estos tres pasos, a través de las siete esferas, son profundamente significativos. Obviamente, esos tres pasos básicos, fundamentales, se hallan contenidos en las siete esferas del mundo y del Universo.

Incuestionablemente, la Semana Santa tiene raíces esotéricas muy hondas, porque el Iniciado debe trabajar sobre las fuerzas lunares y sobre las fuerzas de Mercurio, y con las fuerzas de Venus y del Sol, y de Marte, de Júpiter y de Saturno. El Drama Cósmico se desenvuelve en siete regiones y de acuerdo con los siete planetas del Sistema Solar.

La Llama debe aparecer en el Cuerpo Físico, debe avanzar en el Cuerpo Vital, debe proseguir su camino por la senda Astral, debe continuar su viaje por el mundo de la Mente, debe llegar a la Esfera de Venus en el Mundo Causal, debe proseguir o continuar su viaje por el mundo Búdhico o intuicional, y por último, en el séptimo día, habrá llegado al mundo de Atman, al Mundo del Espíritu; entonces el Maestro recibirá el Bautismo del Fuego que lo transformará radicalmente.

Obviamente, todo el Drama Cósmico tal como está escrito en los cuatro Evangelios, deberá ser vivido dentro de nosotros mismos, aquí y ahora. Eso no es meramente histórico, es algo para vivir ahora y aquí. Los tres traidores que crucifican al Cristo, que lo llevan a la muerte, están dentro de nosotros mismos. Los masones los conocen, los gnósticos también los conocemos: Judas, Caifás y Pilatos. Judas es el demonio del deseo que nos atormenta. Pilatos es el demonio de la mente, que para todo tiene disculpas, y Caifás es el demonio de la mala voluntad que prostituye el Altar.

Esos son los tres traidores que entregan al Cristo por 30 monedas de plata. Las 30 monedas representan todos los vicios y pasiones de la humanidad, que cambia al Cristo por las botellas en la cantina, por el prostíbulo o por el “lecho de Procusto”; que cambia al Cristo por el dinero, por las riquezas, por la vida sensual, lo vende por 30 monedas de plata.

Hermanos, recuerden que esa multitud que pide la crucifixión del Señor, todas esas multitudes que gritan. “¡crucifixia, crucifixia, crucifixia!”, no son las de hace 1.977 años. No, esas gentes que piden la crucifixión del Cristo, están dentro de nosotros mismos repito: aquí y ahora, y son los “agregados psíquicos” inhumanos que en nuestro interior cargamos; son todos esos “elementos psíquicos indeseables” que llevamos dentro, los “demonios rojos de Seth”  viva representación de todos nuestros defectos de tipo psicológico. Son ellos los que gritan “¡crucifixia, crucifixia, crucifixia!” y el Señor es entregado a la muerte.

¿Quiénes le azotan? ¿No son acaso las multitudes que llevamos en nuestro interior? ¿Quiénes le escupen? ¿No son todos esos “agregados psíquicos” que personifican nuestros defectos? ¿Quiénes ponen sobre él la corona de espinas? ¿No son acaso todos esos engendros del infierno que nosotros hemos creado? El acontecimiento de la historia crística no es de ayer, es de ahora, es presente; no es meramente un pasado como creen los “ignorantes ilustrados”; pero aquellos que comprenden, trabajarán para la cristificación.

El Señor es llevado al Calvario y sobre las cumbres majestuosas del mismo dirá: “El que en mí cree nunca andará en tinieblas, tendrá la lumbre de la vida. Yo soy el pan de la vida, yo soy el pan vivo: el que come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna y yo le resucitaré en el día postrero. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora y yo en él”.

El Señor no guarda rencores para nadie. “¡Padre mío, en tus manos encomiendo mi Espíritu!” Pronunciada esta gran palabra, no se escucharán sino rayos y truenos, en medio de grandes cataclismos interiores. Cumplida esta labor del Espíritu del Fuego, será depositado el Cristo o el Crestos, –el Christus-Visnhú, “el que penetra” – en su sepulcro místico. Y yo les digo, en nombre de la Verdad y de la Justicia, que al tercer día –después de esto– será levantado, resucitado en el Iniciado para transformarlo en una criatura perfecta. Quien lo logra se convierte, de hecho, en un dios terriblemente divino, más allá del bien y del mal.

Así el Cristo, el Señor Nuestro, el Espíritu del Fuego, desciende. El quiere entrar en cada uno de nosotros para transformarnos, para salvarnos, para quebrantar los “agregados psíquicos” que en nuestro interior llevamos, para hacer de nosotros algo distinto, para convertirnos en dioses. Tenemos que aprender a ver al Cristo no desde el punto de vista meramente histórico, sino como el Fuego, como una realidad presente, como INRI, que tenía se dice doce apóstoles. Esos doce apóstoles están dentro de nosotros mismos, aquí y ahora; son las doce partes fundamentales de nuestro propio Ser, las Doce Potestades.

Dentro de cada uno de ustedes, en su propio Ser Interior Profundo, hay un Pedro que se entiende con los Misterios del Sexo, hay un Juan que representa al Verbo, a la Gran Palabra, a Heru-Pa-Kroat. Hay también un Tomás que nos enseña a manejar la Mente, hay un Pablo que nos muestra el camino de la Sabiduría, de la filosofía, de la Gnosis. Dentro de ustedes mismos está también Judas; no aquel Judas que entrega al Cristo por 30 monedas de plata; no, un Judas diferente, un Judas que entiende a fondo lo que es la cuestión del Ego, un Judas cuyo Evangelio Secreto nos lleva a la disolución del “mí mismo”, del “sí mismo”. 

Y hay un Felipe, capaz de enseñarnos a viajar fuera del cuerpo físico, a través del espacio; hay un Andrés que nos indica con precisión absoluta lo que son los tres factores de la Revolución de la conciencia: Nacer, es decir, cómo se fabrican los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser. Morir, o cómo se desintegra el Ego y los factores particulares se relacionan con nosotros, específicamente con cada uno de nos, y Sacrificarse por la humanidad. La Cruz de San Andrés, indicando la mezcla del Azufre y del Mercurio –tan indispensable para la creación de los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, mediante el cumplimiento del “Deber Parlock del Ser”–, es profundamente significativa.

Mateo, científico cual ninguno, también existe en nosotros y nos enseña la Ciencia Pura, desconocida para los científicos que solamente conocen todo ese podridero de teorías universitarias que hoy están de moda y mañana pasan a la historia. La Ciencia Pura es completamente diferente, y sólo Mateo puede instruirnos en ella. Lucas, con su Evangelio Solar, es profeta y nos indica lo que ha de ser la nueva vida en la Edad de Oro. Cada uno de los doce está dentro de nosotros mismos, porque nuestro Ser tiene doce partes fundamentales –los doce apóstoles–, aquí y ahora.

Así, quienes quieran llegar a ser Magos en el sentido trascendental de la palabra, tienen que aprender a relacionarse consigo mismos, con cada una de las doce partes del Ser, y esto solamente será posible quemando con INRI los “agregados psicológicos” que en nuestro interior cargamos. En tanto el Ego exista dentro de nosotros, las correctas relaciones con todas y cada una de las partes de nuestro Ser, resultará imposible. Pero si nosotros incineramos el Ego, entonces sí podremos establecer correctas relaciones consigo mismos, con cada uno de los doce que en nuestro interior existen.

Así que, quítense de sus cabezas la idea de los doce apóstoles históricos; búsquenlos dentro de sí mismos, ahí están. Todo está dentro de nosotros mismos, aquí y ahora. Ha llegado la hora de un cristianismo más esotérico, más puro, más real. Ha llegado la hora de salir de la cuestión meramente histórica y pasar a la realidad de los hechos. La cruz misma del Calvario es hondamente significativa. Bien sabemos nosotros que el phalus vertical dentro del ecteis formal, hacen cruz. En otras palabras enfatizaremos diciendo: el Lingam-Yoni, correctamente conectados, forman cruz. Es con esa cruz como podemos nosotros avanzar por el sendero que ha de conducirnos hasta el Gólgota del Padre.

Esta noche les invito a todos a entrar en el camino de la cristificación. No olviden ustedes que cada vez que el Señor de Compasión viene al mundo, es odiado por tres clases de hombres. Primero, por los ancianos, por las gentes llenas de experiencia que dicen: “¡Ese hombre está loco, vean lo que trae, no oigan lo que está diciendo, no está de acuerdo con lo que pensamos; tenemos experiencia y este hombre perjudica, daña...!” Segundo, es rechazado por los “escribas”, es decir, por los intelectuales de la época. Cada vez que el Señor de Gloria ha venido al mundo, los intelectuales han estado contra él, lo odian mortalmente, porque no encaja dentro de sus teorías, significa un peligro para sus sistemas, para sus sofismas, etc. Y tercero, es odiado por los “sacerdotes”. Todos ellos ven en él un peligro para sus respectivas sectas.

Así que, en nombre de la verdad les digo que el Cristo es tremendamente revolucionario y rebelde. El es el Fuego, que viene a quemar todas las podredumbres que cargamos dentro. El es el Fuego, que viene a reducir a cenizas nuestros prejuicios, nuestros preconceptos, nuestros intereses creados, nuestras abominaciones, y hasta nuestras experiencias de tipo personal, etc.

¿Creen ustedes acaso, que el Cristo podría ser aceptado por tantos millones de seres humanos que pueblan el mundo? Se equivocan; cada vez que viene se levantan las multitudes contra él. ¡Esa es la cruda realidad de los hechos! En esta Semana Santa en la que estoy hablando, digo en nombre de la verdad y de la justicia que sólo el Fohat, ardiendo dentro de nosotros, podrá salvarnos. Ninguna teoría, ningún sistema podrá llevarnos a la liberación. Quienes pretendan quebrantar el Ego a base de puras teorías, con el frío intelecto, son seres meramente reaccionarios, conservadores, retardatarios, y marchan  por el camino de la gran equivocación. Esta “Babilonia” que llevamos dentro, esta ciudad psicológica que en nuestro interior cargamos –donde viven los demonios de la ira, de la codicia, de la lujuria, de la envidia, del orgullo, de la pereza, de la gula, etc.–, debe ser destruida con fuego.

Necesitamos levantar ahora y ya, dentro de nosotros mismos, la Jerusalén Celestial. Recuerden que los cimientos de la Jerusalén Celestial son doce, y que en cada uno de ellos está escrito el nombre de algún apóstol, los nombres de los doce apóstoles están en los doce cimientos.

Esa Jerusalén debemos edificarla dentro de nosotros mismos, más eso solamente será posible el día en que con fuego destruyamos a “Babilonia la grande” –la madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la Tierra–, a la ciudad psicológica que en nuestro interior cargamos. Cuando lo logremos, edificaremos la Jerusalén Celestial, la Gran Jerusalén aquí y ahora, dentro de sí mismos. Repito, la base de esa Jerusalén Celestial son los doce apóstoles. No me estoy refiriendo a los que vivieron hace 1.977 años; no, estoy hablando de las doce potestades que existen dentro de nosotros mismos, de las doce partes del Ser, auto-conscientes e independientes. Ellas son el fundamento de la Jerusalén que nosotros debemos edificar dentro de sí mismos.

La ciudad de Jerusalén tiene doce puertas y en cada una de las doce puertas hay un ángel que representa a cada uno de los doce dentro de nosotros mismos. Las doce puertas son doce perlas preciosas, son doce puertas de libertad, doce puertas de luz y de esplendor, doce poderes cósmicos. La ciudad, toda, es de oro puro –sus calles, sus avenidas y sus plazas–, es el oro del Espíritu que nosotros debemos fabricar en la “forja de los cíclopes”. Y no tiene, la ciudad, necesidad de lumbrera externa o de Sol externo, o de Luna externa, porque el Señor es su lumbrera y él arderá dentro de nosotros mismos, porque él es Fuego.

El muro de la Gran Ciudad tiene 144 codos. Si sumamos aquellas cifras entre sí: 1+4+4, tendremos 9 la “Novena Esfera”, el sexo, porque solo mediante la transmutación de la Energía Creadora podremos hacer arder el Fuego en nosotros. El tamaño de la ciudad es de 12.000 estadios, y esto nos recuerda los doce trabajos de Hércules, necesarios para lograr la completa Auto-Realización Intima del Ser, y nos recuerda a los 12 Aeones, y nos recuerda a los doce apóstoles.

En el centro de la ciudad está el “Arbol de la Vida”, los diez sephirots de la Kábala Hebraica: Keter, Chochmah y Binah, como corona sephirótica, y Chesed, Geburah, Tiphereth, Netzah, Hod, Jesod y Malchut como las siete regiones del Universo. El “Arbol de la Vida” alegoriza a todas las doce grandes regiones del Universo. ¡Dichoso el que llegue al Aeon Trece, donde debe estar siempre Pistis Sophía...! Dentro de la Jerusalén Celestial hallamos también a los veinticuatro ancianos, quienes prosternados en tierra depositan sus coronas a los pies del Cordero. El Cordero Inmolado es el Fuego que arde en este Universo desde la aurora de la creación, desde el amanecer de este Universo. Los 24 ancianos son, también, 24 partes de nuestro propio Ser, y el Cordero mismo es el Ser de nuestro Ser.

¡Dichoso quien pueda alimentarse con los frutos del “Arbol de la Vida”, porque ese será inmortal! ¡Dichoso aquel que pueda alimentarse con cada uno de esos frutos, aquel que pueda en verdad nutrirse con esa corriente de vida que viene desde el Aeón-13 hasta el cuerpo humano, porque jamás conocerá enfermedades y se hará inmortal! Pero, para poder uno nutrirse con el “Arbol de la vida”, necesitará antes que todo, haber eliminado los “agregados psíquicos”. Recuerden ustedes que los “agregados psíquicos”, viva personificación de nuestros errores, alteran al Cuerpo Vital, y este, alterado, daña el cuerpo físico. Así surgen las enfermedades en nosotros.

¿Quién es el que produce las úlceras? ¿No es acaso la ira? ¿Quién es el que produce el cáncer? ¿No es acaso la lujuria? ¿Quién produce la parálisis? ¿No es acaso la vida materialista y grosera, egoísta y fatal? Las enfermedades son producidas por los “agregados psíquicos”, por los “demonios rojos de Seth”, viva personificación de nuestros errores. Cuando todos los “demonios rojos de Seth” hayan sido aniquilados con el Fuego, entonces nos nutriremos con el “Arbol de la Vida”. La Vida, descendiendo desde el Absoluto a través de los trece Aeones, penetrará en nuestro cuerpo y nos hará inmortales, la salud será recobrada, jamás se volverán a tener enfermedades.

De nada sirven los científicos con todas sus ciencias para curar, pues si ellos curan, el paciente se vuelve a enfermar. Es claro que el Ego mete el veneno de sus morbosidades y podredumbres dentro de los órganos y los destruye –he aquí el origen de todas las enfermedades–. Las gentes quieren una panacea para curarse, pero en tanto tengan el Ego vivo, vivirán enfermas.

Ha llegado la hora de entender que necesitamos quemar a la “Babilonia” dentro de sí mismos y edificar la Jerusalén. Vista la Jerusalén Celestial desde lejos, es como una piedra de Jaspe, transparente como el cristal. Sí, es la Piedra Filosofal. Dichoso el que consiga la Piedra Filosofal, porque se transformará radicalmente y tendrá poderes sobre el fuego, sobre el aire, sobre las aguas y sobre la tierra.

Lo que necesitamos es un cristianismo puro, esotérico, un cristianismo vivo, no un cristianismo muerto; un cristianismo gnóstico que pueda transformarnos radicalmente. Más, así como estamos, con el Ego vivo, fuerte, robusto, marchamos por el camino del error. Necesitamos aprender a amar el Fuego y a trabajar en realidad con los Misterios del Fuego.

Hasta aquí mis palabras de esta noche... P.- Venerable Maestro Samael: al hablar de las partes autónomas y auto-conscientes del Ser, usted mencionó algunos de los apóstoles, pero quisiéramos ahora preguntarle cuál de ellos nos enseña el camino de la aniquilación budhista, o aniquilación del Ego. R.- Judas Iscariote. Pero no pensemos solamente en el Judas aquel de hace 1.977 años; pensemos en el Judas interior, en ese apóstol interior que es una de las doce potestades que en nuestro interior cargamos, que es una de las doce partes fundamentales del Ser. El está vivamente interesado en la aniquilación budhista; por eso es extraordinario.

No niego la existencia de aquel apóstol de hace 1.977 años y que representara realmente a nuestro Judas Intimo; él es una realidad, él existe, él es uno de los grandes, es el más exaltado Maestro, el más exaltado Adepto que anduvo con Jesús de Nazaret. Pero dentro de nosotros hay un Judas interior, fuera de aquel Judas histórico y fuera de los tres traidores de Hiram Abiff. En nuestro Ser hay alguien que personifica al Judas Iscariote y que realmente está interesado en la destrucción del Ego.

P. ¿Cuál es el trabajo del apóstol Tomás dentro de nosotros? R. Bien sabemos nosotros que Tomás acusa un poco de escepticismo, de duda y de todo eso, pero llevado al fondo, aquel Tomás Intimo que en nuestro interior cargamos obviamente se relaciona con el discernimiento. Es necesario aprender a discernir, es urgente usar el bisturí de la auto-crítica para abrir los “valores” y ver qué es lo que tienen de verdad. Así es como hay que entender el trabajo del Tomás interior, del Tomás íntimo.

Cada uno de nosotros lleva, pues, a las doce potestades en su propio Ser, y todas esas partes autónomas y auto-conscientes del Ser, en “Pistis Sophía” son llamadas “Regidores” de los Aeones, del Destino y de las Esferas. Ellos se mueven, ellos hacen la Gran Obra entre las escuadras, los triángulos y los octógonos, y esto hay que saberlo entender. 

P.- Dentro de nosotros, ¿cuál es la parte del Ser que nos orienta en el trabajo alquimista? R.- Incuestionablemente hay uno que se encarga de eso, y es llamado en Alquimia, el Antimonio, pero éste no es una de las doce potestades.

P.- Específicamente, ¿quién de los doce apóstoles es el encargado de dirigir el trabajo alquimista? R.- Sí hay un especialista en Alquimia, al cual –estoy seguro– obedece el Antimonio. Ese es, precisamente, Santiago el Mayor, el bendito patrón de la Gran Obra. A él le obedece el Antimonio, en el sentido de que él es el encargado trascendental de la Alquimia, de la Gran Obra.

P.- Desde el punto de vista de nuestro Ser Individual, ¿podría explicarnos el sentido esotérico de las tres negaciones de Pedro, el apóstol del Cristo? R.- Hay tres purificaciones que debemos hacer, por el hierro y por el fuego. Quien no hace las tres purificaciones no consigue la cristificación. Pedro, con la cabeza hacia abajo, o crucificado con la cabeza hacia abajo, nos indica que hay que bajar a la “novena esfera” para trabajar con el fuego y el agua, origen de mundos, bestias y dioses. Toda auténtica Iniciación Blanca comienza por allí. Eso nos está indicando Pedro con su crucifixión. 

Ahora bien, las tres purificaciones son las tres negaciones de Pedro. Primera Purificación: Primera Montaña, la de la Iniciación. Segunda Purificación: La Segunda Montaña, la de la Resurrección. Tercera Purificación: Cuando brilla la estrella de ocho puntas y el libro de Job sobre la cumbre de la Segunda Montaña. No se podría llegar a la resurrección del Cristo Íntimo en nosotros, sin haber pasado previamente por las tres purificaciones a base de hierro y fuego. 

Tres veces canta el gallo, que es el Mercurio de la Filosofía Secreta, porque eso representa el gallo, el Gaio o Iao. El Cristo íntimo dice: “y antes de que cante el gallo por tercera vez, me habrásnegado tres veces”. ¿Por qué? Porque tres veces tiene que bajar el Iniciado a los mundos infiernos para trabajar con el Fuego y el Agua. Son tres purificaciones a base de hierro y fuego; por eso los tres clavos de la Cruz, por eso el Inri sobre la Cruz: Ignis Natura Renovatur Integram –“el fuego renueva incesantemente la naturaleza”–. 

De manera que el Pedro Intimo Particular, de cada uno de nos, realiza ese trabajo de negar al Cristo tres veces. No es que lo niege, negándolo, sino que, sencillamente, tiene que bajar a trabajar en la “forja de los cíclopes”, en la “novena esfera”, antes de lograr la resurrección. Tiene que vivir entre los demonios en tres épocas, antes de resucitar de entre los muertos, antes de poder resucitar, porque la resurrección se hace en vida, aquí y ahora.  

P.- Aunque es un poco distinto, quisiera preguntar lo siguiente: ¿El demonio de los celos pasionales es un producto del “yo” de la lujuria?   R.- Pues sí... Los celos no existirían si no hubiera lujuria.

P.- ¿Cómo debemos entender el trabajo del Juan Intimo? R.- Juan es el Verbo, la Palabra. El, obviamente, parlará  dentro de nosotros con el Verbo de la Vida. El es la Palabra, el Verbo. Así lo debemos entender.

P.- ¿El Guardián del Umbral es también una parte del Ser? R.- Obviamente, del Guardián el Umbral tiene tres facetas que son tres aspectos del Ser. Samael Aun Weor

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