El Magnus Opus o la Gran Obra

Magnus opusSantiago es el Bendito Patrón de la Gran Obra. A nosotros, los gnósticos, nos interesa muy especialmente nuestro Santiago Interior. Nuestro Santiago Interior es una de las partes autónomas y auto-conscientes de nuestro propio Ser.

El Bendito Patrón de la Gran Obra es nuestro Mercurio. El Padre de todas las luces nos enseña la Ciencia de la Gran Obra a través de Santiago.

Santiago el Apóstol, con su sombrero de calabaza y una estrella en la frente, formada con una concha marina, es algo profundamente significativo. Bien sabemos que el agua bendita se llevaba entre alguna calabaza, en la Edad Media. El cayado de Santiago, con cierto adorno que le hace parecer al Caduceo de Mercurio, nos invita a la reflexión.

Lleva Santiago, en su mano, el Libro de la Gran Obra: el Apocalipsis de San Juan, que sólo entienden los alquimistas. La Epístola Universal del Apóstol Santiago, es una cátedra fundamental sobre la Gran Obra. Samael Aun Weor.

“Cualquiera sea su forma y la complicación de su trazado, los laberintos son símbolos elocuentes de la Gran Obra, considerada desde el aspecto de su realización material. También los vemos encargados de expresar las dos grandes dificultades que implica la Gran Obra: primero: acceder a la cámara interior; segundo, tener la posibilidad de salir de ella. De estos dos puntos, el primero concierne al conocimiento de la materia que asegura la entrada y el de su preparación que el artista consuma en el centro del laberinto.

El segundo concierne a la mutación con el concurso del fuego de la materia preparada. El Alquimista reproduce, pues, en sentido inverso, pero con prudencia, lentitud y perseverancia, el recorrido efectuado rápidamente al comienzo de su labor.

A fin de no extraviarse, los filósofos le aconsejan que deje puntos de referencia en su camino al partir para las operaciones que pudiéramos llamar analíticas, empleando este Hilo de Ariadna sin el cual correría el riesgo de no poder volver atrás es decir, de extraviarse en el trabajo de unificación sintética. A esta segunda fase o período de la Gran Obra, se le aplica la enseñanza latina del laberinto”. Fulcanelli, “Las Moradas Filosofales”.

Entre los motivos más frecuentemente empleados en las Catedrales Góticas, conviene citar los laberintos que se trazaban en el suelo, en el punto de intersección de la nave y el crucero. En cuanto al laberinto por ejemplo de la Iglesia Gótica de Chartres, dibujado sobre el pavimento de la nave, éste se compone de toda una serie de círculos concéntricos que se repliegan unos en otros con infinita variedad. En el centro de esta figura, veíase antaño el combate de Teseo contra el Minotauro, nueva prueba, pues, de la infiltración de temas paganos en la iconografía cristiana, y en consecuencia, de un sentido mito-hermético evidente.

El laberinto de las Catedrales, o Laberinto de Salomón, es una figura cabalística que se encuentra al principio de ciertos manuscritos alquímicos y que forma parte de las tradiciones mágicas atribuidas al nombre de Salomón. Es una serie de círculos concéntricos, interrumpidos en ciertos puntos, de manera que forman un trayecto chocante e inextricable.

La imagen del laberinto se nos presenta, pues, como emblemática del trabajo entero de la Gran Obra, con sus dos mayores dificultades: la del camino que hay que seguir para llegar al centro donde se libra el rudo combate entre las dos naturalezas, y la del otro camino que debe enfilar el artista para salir de aquél. Aquí es donde se necesita el Hilo de Ariadna, si no quiere extraviarse en los meandros de la Gran Obra y verse incapaz de salir.

Ariane, es una forma de ariagne araña. “Araña” puede, pues, leerse arahne, arahni o arahgne. ¿Acaso nuestra Alma no es la araña que teje nuestro propio cuerpo? También esta palabra exige otras formaciones, y significa “arrastrar”, “atraer”, de donde se deriva “lo que toma”, “ase” o “atrae”, es decir, es el imán, la virtud encerrada en el cuerpo, que los sabios llaman su “magnesia”.

Prosigamos. En provenzal, el hierro se llama “aran” e “iran”, según los diferentes dialectos. Es entonces, el Hiram masónico, el divino Aries, el arquitecto del templo de Salomón. Finalizamos diciendo que “Ariadna, la araña mística escapada de Amiens, sólo dejó sobre el pavimento del coro la huella de su tela”.

Recordemos, de paso, que el más célebre de los laberintos antiguos, el de Cnosos, en Creta, descubierto en 1902 por el doctor Evans, de Oxford, era llamado “absolum”. Y observemos que este término se parece mucho a “absoluto”, nombre con que los Alquimistas antiguos designaban a la Piedra Filosofal. Notas tomadas del libro “El Misterio de las Catedrales”, de Fulcanelli.

“La Gran Obra es, ante todo, la creación del hombre por sí mismo, a base de trabajos conscientes y padecimientos voluntarios”. “La Gran Obra es la conquista interior de sí mismos, de nuestra verdadera libertad en Dios”.

“Necesitamos con urgencia máxima, inaplazable, desintegrar todos esos “yoes” que viven en nuestro interior, si es que en realidad queremos la emancipación perfecta de la Voluntad”. “Nicolás Flamel y Raimundo Lulio, pobres ambos, liberaron su voluntad y realizaron innumerables prodigios psicológicos que asombran”.

“Agripa no llegó más que a la primera parte de la Gran Obra y murió penosamente, luchando en la desintegración de sus “yoes” con el propósito de poseerse a sí mismo y fijar su independencia”. “La emancipación perfecta de la Voluntad asegura al sabio el imperio absoluto sobre el fuego, el aire, el agua y la tierra”.

Hoy nos encontramos aquí reunidos con el propósito de investigar, estudiar y definir sobre el camino que ha de conducirnos a la liberación. Los antiguos alquimistas medievales hablaban sobre la Gran Obra, y eso es bastante importante.

En el suelo, en el piso de las antiguas catedrales góticas, se veían multitud de círculos concéntricos formando un verdadero laberinto que llegaba del centro a la periferia y de la periferia al centro. Mucho es lo que se ha dicho sobre los laberintos; también habla la tradición sobre el laberinto de Creta y sobre el famoso Minotauro Cretense.

Ciertamente en Creta se encontró recientemente un laberinto, lo llamaban “absolim”, “absolum”, como quien dice: “absoluto”. “Absoluto” es el término que utilizaban los alquimistas medievales para designar a la Piedra Filosofal. He ahí pues, un gran misterio.

Nosotros necesitamos, como Teseo, el Hilo de Ariadna para salir de aquél laberinto; en el centro se encontraba siempre el Minotauro. Teseo logró vencerlo he allí la tradición griega. Nosotros también necesitamos vencerlo, necesitamos destruir al Ego animal. Para llegar al centro del laberinto, donde está el Minotauro, hay que luchar muchísimo.

Hay innumerables teorías, escuelas de toda especie, organizaciones de todo. Unos dicen que el camino es por allá, otros que por aquí, otros que acullá, y nosotros tenemos que orientarnos en medio de ese gran laberinto de teorías y de conceptos antitéticos, si es que queremos, en verdad, llegar hasta el centro viviente del mismo, porque es precisamente en el centro donde podemos hallar el Minotauro.

Cuando uno ha logrado llegar al centro del laberinto, tiene que ingeniárselas para salir de él. Teseo, mediante un hilo misterioso el Hilo de Ariadna, se nos parece a Hiram, el Maestro Secreto de que habla la Masonería Oculta y que todos debemos resucitar dentro de nosotros, aquí y ahora. Ariadna también nos indica a la araña, símbolo del Alma que teje el telar del destino incesantemente. Así pues hermanos, ha llegado la hora de reflexionar.

Pero, ¿cuál es en realidad ese Hilo de Ariadna? ¿Cuál es ese Hilo que salva el Alma, que le permite salir de ese misterioso laberinto para llegar hasta su Real Ser Interior? Mucho se ha hablado sobre el particular; los grandes alquimistas pensaban que era la Piedra Filosofal. Nosotros estamos de acuerdo con eso, pero vamos un poquito más lejos, de acuerdo con nuestras disquisiciones.

Pues es verdad que la Piedra Filosofal está simbolizada en la catedral de Notre Dame de París por Lucifer, ahora comprenderemos que la Piedra Filosofal está en el sexo mismo, entonces descubrimos en el sexo a Lucifer. Es Lucifer, pues, el Hilo de Ariadna que ha de conducirnos hasta la liberación. Esto parece así como dijéramos, antitético o paradójico, porque todos han conceptuado que Lucifer el Diablo, Satanás, es el mal.

Necesitamos de la auto-reflexión evidente, si es que queremos ahondar en el Gran Arcano. Ese Lucifer que encontramos en el sexo, es la Viva Piedra, “cabecera del ángulo”, la Piedra Maestra, la piedra del rinconcito en la catedral de Notre Dame de París, la Piedra de la Verdad. Descender un poco pues, en estos misterios, es indispensable cuando se trata de conocer el Hilo de Ariadna.

Vuelvo a recordarles a ustedes, a los famosos santuarios sagrados de los auténticos Rosacruces Gnósticos, esoteristas de la Edad Media: cuando el neófito era conducido hasta el centro del Lumisial, llevaba los ojos vendados. Alguien le arrancaba de improviso la venda y entonces, atónito y perplejo, contemplaba una figura insólita. Allí estaba, ante su presencia, el Macho Cabrío de Méndez –figura extraña, el Diablo–, en su frente lucían los cuernos, sobre su cabeza una antorcha de fuego, sin embargo, algo indicaba que se trataba de un símbolo. En el Lumisial de la Iniciación, se hallaba ante la figura de Tiphón Bafometo, la tenebrosa figura del Arcano 15 de la Cábala.

La antorcha ardiente sobre su cabeza brillaba, además sobre su frente la Estrella Flamígera de las cinco puntas, con el ángulo superior hacia arriba y los dos ángulos inferiores hacia abajo, esto nos indicaba que no se trataba de una figura tenebrosa. Se le ordenaba al neófito, besar el trasero del Diablo. Si el neófito desobedecía, se le ponía otra vez la venda en los ojos y se le sacaba por una puerta secreta; todo esto sucedía a la media noche, jamás el neófito sabría por dónde había entrado ni por dónde había salido, porque los Iniciados se reunían siempre a la media noche, teniendo sumo cuidado de no ser víctimas de la Inquisición.

Mas si el neófito obedecía, entonces de aquél cubo sobre el cual estaba sentada la figura del Bafometo se abría una puerta. Por allí salía una Isis que recibía al Iniciado con los brazos abiertos, dándole, enseguida, el ósculo santo en la frente. Desde ese momento, aquel neófito era un nuevo hermano iniciado de la Orden.

Ese Macho Cabrío, ese Tiphón Bafometo, ese Lucifer, resulta bastante interesante, pues es la energía sexual, energía que hay que saber utilizar, si es que queremos realizar la Gran Obra. Ahora sabrán ustedes por qué Tiphón Bafometo, el Macho Cabrío de Méndez, representa a la Piedra Filosofal, al sexo, es con esa fuerza tremenda con la que hay que trabajar. Recordemos que el “Arca de la Alianza” en los antiguos tiempos, tenía cuatro cuernos de Macho Cabrío en las cuatro esquinas correspondientes a los cuatro puntos cardinales de la tierra, y cuando era transportada se le asía o agarraba siempre por esos cuatro cuernos.

Moisés en el Sinaí se transformó. Cuando bajó, le vieron los clarividentes con dos rayos de luz en la frente, semejantes a los del Macho Cabrío de Méndez. Por eso es que Miguel Angel, al cincelarlo en la piedra viva, puso en su cabeza aquéllos simbólicos cuernos; es que el Macho Cabrío representa a la fuerza sexual, mas también al Diablo, pero ese Diablo o Lucifer, es la misma potencia de vida que debidamente transformada, nos permite la Auto-Realización Intima del Ser. Por eso se ha dicho que Lucifer es el príncipe de los cielos, de la tierra y de los infiernos.

En las antiguas catedrales góticas todo estaba previsto, hasta la planta de los templos estaba organizada en forma de cruz, y esto nos recuerda al “crucis”, “crux”, “crisol”, etc. Ya sabemos que el palo vertical es masculino y el horizontal es femenino. En el cruce de ambos, se halla la clave de todos los misterios. El cruce de ambos, es el “crisol” de los alquimistas medievales, en el cual hay que cocer y recocer y volver a cocer la materia prima de la Gran Obra. Esa “materia prima” es el Esperma Sagrado, que transformado se convierte en energía.

Es con esa sutilísima energía con la que podemos nosotros abrir un Chacra, despertar todos los poderes ocultos, mágicos, crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, etc., etc. Esto es bastante importante, bastante interesante.

La cruz, en sí misma, es un símbolo sexual. En la cruz está el Lingam-Yoni del Gran Arcano. En los dos maderos atravesados de la cruz, están las huellas de los tres clavos. Esos tres clavos, si bien es cierto que permiten abrir los Estigmas del Iniciado o sea, los Chacras de las palmas de las manos y de los pies, etc., también simbolizan, en sí mismos, las Tres Purificaciones del Cristo en Substancia, he ahí otro misterio trascendental.

En todo caso, mis caros hermanos, realizar la Gran Obra es para lo único que vale la pena vivir. Pedro, el amado discípulo de nuestro señor el Cristo, tiene como evangelio el Gran Arcano, los Misterios del Sexo, por eso fue que Jesús lo llamó “Petrus” (piedra): “Tú eres piedra y sobre esa piedra edificaré mi iglesia”. Es pues, el sexo, la Piedra Básica, la Piedra Cúbica, la Piedra Filosofal que nosotros debemos cincelar, a base de cincel y martillo, para transformarla en la Piedra Cúbica Perfecta.

Esa piedra sin cincelar la Piedra Bruta, en sí misma, es Lucifer; ya cincelada es nuestro Logoi Interior, el Arché de los griegos. Lo importante es, pues, cincelarla, trabajar con ella, elaborarla, darle la forma cúbica perfecta.

Entre los discípulos del Cristo hay verdaderos prodigios y maravillas. Recordemos por un momento a Santiago, ese gran Maestro. Dicen que es el que más se parecía al Gran Kabir Jesús; lo llamaban el “hermano del Señor”, y es obvio que disponía de grandes poderes psíquicos, mágicos. Santiago fue el primero que después de la muerte del Gran Kabir, ofició la Misa Gnóstica en Jerusalén.

Cuentan las tradiciones que tuvo que enfrentarse al mago negro Hermógenes, en Judea. Santiago, como quiera que conocía la Alta Magia, combatía sabiamente al tenebroso. Así que aquél usaba un “sudario” por ejemplo, de maravillas, éste lo usaba para contrarrestarlo; y si Hermógenes usaba el bastón mágico, Santiago usaba otro similar, y al fin derrotó al tenebroso en las tierras de Judea. Sin embargo, se le consideró Mago y lo era, fuera de toda duda, y fue condenado a muerte.

Más algo insólito sucede, según cuentan las leyendas: se da el caso de que el sarcófago de Santiago se suspendió en los aires, como dicen, y fue transportado a la antigua España. Cierto es que allí se habla de Santiago de la Compostela, y dicen del mismo que resucitó de entre los muertos y que en aquélla tierra fue atacado por los demonios con figura de toro, por fuego vivo. En fin, se hablan muchas cosas sobre Santiago.

Nicolás Flámel, el gran alquimista medieval, tuvo a Santiago de la Compostela por patrón de la Gran Obra. En el camino de Santiago de la Compostela, hay una calle que la llaman “de Santiago”, y también allí hay una caverna que la llaman “la cueva de la salud”. Por la época en que la gente peregrina hacia donde está Santiago de la Compostela, por esa época se reúnen los alquimistas en tal cueva, los que están trabajando en la Gran Obra, los que admiran no solamente a Santiago de la Compostela –al cual tienen por patrono bendito–, sino también a Jacobo de Morai, allí se reúnen siempre, por las épocas de la peregrinación.

Así pues, mientras las gentes están rindiendo un culto –dijéramos exotérico–, a Santiago de la Compostela, los alquimistas y cabalistas están reunidos en mística asamblea para estudiar la Cábala, la Alquimia y todos los Misterios de la Gran Obra. Vean ustedes los dos aspectos exotéricos y esotéricos del cristianismo, indubitablemente, todo esto nos invita a la reflexión.

Jacobo de Morai, quien fuera quemado vivo durante la Inquisición, es tenido entre aquéllos alquimistas y cabalistas que se reúnen en la “cueva de la salud” en la misma forma en que se tiene a Hiram Abbif, el Maestro Secreto que ha de resucitar en cada uno de nos, y a Santiago como el verdadero patrón de la Gran Obra, y esto es bastante interesante, pues es la Gran Obra lo que nos interesa a nosotros realizar, y es –creo, y con toda seguridad, afirmo– lo único por lo cual vale la pena vivir, lo demás, no tiene la menor importancia.

Dicen que el Patrono Santiago de la Compostela aparece a los peregrinos: sombrero echado hacia arriba, su bastón en el cual luce el Caduceo de Mercurio, una concha de tortuga en el pecho, como para simbolizar a la Estrella Flamígera. Les aconsejo que estudien la “Epístola Universal de Santiago” en la Biblia, indudablemente, es maravillosa. Está dirigida a todos aquéllos que trabajamos en la Gran Obra.

Dice Santiago que la fe sin obras nada vale. Ustedes pueden escuchar aquí, de mis labios, toda la doctrina del Gran Arcano, todas las explicaciones que damos sobre los alquimistas y sobre la Gran Obra, pero si ustedes no realizan esa Gran Obra, si no trabajan en la Gran Obra, si sólo tienen la fe y nada más, y no trabajan, se parecerían –dice Santiago, y repito– “al hombre que mira un espejo, que ve su rostro en el vidrio, da la espalda y se va, olvidándose del incidente.”

Si ustedes escuchan todas las explicaciones que damos y no trabajan en la Forja de los Cíclopes, no fabrican los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, se parecen a ese hombre que se mira en el espejo, da la vuelta y se va, porque la fe sin obras de nada vale. Se necesita que la obra respalde a la fe; la fe debe hablar por las obras.

Dice Santiago que necesitamos ser misericordiosos, es claro, porque si nosotros somos misericordiosos, los Señores del Karma nos juzgarán con misericordia; pero si nosotros somos despiadados, los Señores del Karma nos juzgarán en forma despiadada. Y como quiera que la misericordia tiene más poder que la justicia, es seguro que si somos misericordiosos, podremos eliminar mucho Karma. Todo esto nos invita a la reflexión.

Dice Santiago que nosotros tenemos que aprender a refrenar la lengua –aquél que sabe refrenar la lengua, puede refrenar todo el cuerpo–, y nos pone como ejemplo el caso del caballo; al caballo se le pone el freno en la boca, en el hocico, y es así como logramos dominarlo, manejarlo. Lo mismo sucede si nosotros refrenamos la lengua: nos hacemos dueños de todo nuestro cuerpo. Dice Santiago: “Miremos los barcos, cuan grandes son y sin embargo lo que los gobierna, o el timón, es verdaderamente pequeño en comparación con el enorme tamaño que tienen los buques. La lengua es muy pequeña, sí, pero, que grandes incendios forma”

Se nos enseña en esa epístola a no jactarnos jamás de nada, aquél que es jactancioso de sí mismo, o de sus obras, de lo que ha hecho, indudablemente es soberbio, pedante, y fracasa en la Gran Obra. Necesitamos humillarnos ante la Divinidad, ser cada día más y más humildes, si es que queremos trabajar con éxito en la Gran Obra; no presumir jamás de nada, ser sencillos siempre, eso es vital cuando se quiere triunfar en la Gran Obra, en el Magnus Opus.

Aquella epístola está escrita con un doble sentido, si ustedes la leen literalmente, no la entenderían. Así la han leído los protestantes, los adventistas, los católicos, y no la han entendido. Esa epístola tiene un doble sentido y está dirigida, exclusivamente, a los que trabajan en la Gran Obra.

En cuanto a la fe, es necesario tenerla, claro; todo alquimista debe tener fe, todo cabalista debe tener fe, pero la fe no es algo empírico, algo que se nos dé regalado, no, la fe hay que fabricarla, no podemos exigirle a nadie que tenga fe, hay que fabricarla, elaborarla. ¿Cómo se fabrica? A base de estudio y de experiencia. ¿Podría alguien tener fe, de eso que estamos nosotros diciendo aquí, si no estudia y experimenta por sí mismo? Obviamente que no, ¿verdad? Mas, conforme vayamos estudiando y experimentando, vamos comprendiendo, y de esa comprensión creadora deviene la fe verdadera. Así pues, la fe no es algo empírico, no, nosotros necesitamos fabricarla. Más tarde, sí, mucho más tarde, el Espíritu Santo, el Tercer Logos, podría consolidarla en nosotros, fortificarnos y robustecernos, mas nosotros debemos fabricarla.

Otro Apóstol bastante interesante que cuenta para nosotros en este camino angosto, estrecho y difícil que llevamos, es Andrés. Se dice que en Nicea, conjuró a siete demonios perversos y que los hizo aparecer ante las Multitudes en forma de siete perros y huyeron despavoridos. Mucho se ha hablado sobre Andrés, y no hay duda de que fue extraordinario, estaba cargado de un gran poder. La realidad es que Andrés, el gran Maestro, discípulo del Cristo, fue condenado a muerte y torturado. La cruz de San Andrés nos invita a la reflexión: es una “X”, sí, una equis con, sus dos brazos extendidos a derecha e izquierda, y sus dos piernas abiertas de lado y lado, forman equis, y sobre esa equis fue crucificado. Esa “X” es muy simbólica, en griego equivale a una “K”, que nos recuerda al Krestos.

Incuestionablemente, fue magníficamente simbolizado el drama de Andrés por el gran monje-iniciado Bacon. Este último, en su libro más extraordinario que ha escrito denominado “el Azud”, pone una lámina en la que se ve, claramente, a un hombre muerto; sin embargo, trata como de levantar la cabeza, como de esperanzarse, como de resucitar, mientras dos cuervos negros le van quitando sus carnes en el acerado piso. El Alma y el Espíritu se alzan del cadáver; esto viene a recordarnos la frase de todos los Iniciados, que dice: “la carne abandona los huesos”.

Eso, San Andrés, muriendo en una cruz en forma de equis, nos está hablando precisamente de la desintegración del Ego, que hay que reducirlo a polvareda cósmica, que hay que descuartizarlo. “La carne abandona los huesos”, sólo así es posible que el Maestro Secreto –Hiram Abbif–, resucite dentro de nosotros mismos, aquí y ahora, de lo contrario, sería completamente imposible. En la Gran Obra debemos morir de instante en instante, de momento en momento.

¿Y qué diríamos de Juan? El es, fuera de toda duda, el patrono de los fabricantes de oro. ¿Habrá alguien que haga oro? Sí; recordemos a Raimundo Lulio, lo hizo, enriqueció las arcas de Felipe el Hermoso de Francia y del Rey de Inglaterra. Todavía se recuerdan cartas de Raimundo Lulio. Una de ellas habla de un hermoso diamante, con el cual obsequiara nada menos que al Rey de Inglaterra; disolvió un cristal, ante el crisol, y luego, poniendo agua de mercurio en aquél cristal, lo transformó en un gigantesco diamante extraordinariamente fino, con él obsequió al rey de Inglaterra.

En cuanto a la transmutación del plomo en oro, lo hacía gracias al Mercurio Filosofal, enriqueció a toda Europa con sus fundiciones, y sin embargo él permanecía pobre. Viajero extraordinario por todos los países del mundo, así al fin murió lapidado en una de esas tierras; reflexionen ustedes en esto.

Así pues Juan, el Apóstol de Jesús, es el patrono de los fabricantes de oro. Se dice que en alguna ocasión, encontró en su camino un pueblo por ahí, en el Oriente, a un filósofo que trataba de convencer a las gentes, y demostrarles lo que él podía con la palabra y con el verbo. Dos jóvenes, que habían escuchado sus enseñanzas, abandonaban sus riquezas, las vendían, y con ellas habían comprado un gran diamante. Pusieron, en presencia del honorable público, el diamante en manos del filósofo; éste se los regresó, y con una piedra, destruyeron la gema. Juan protestó diciendo: “Con tal gema, se le podría dar de comer a los pobres”. Dicen que ante las multitudes reconstruyó la gema, luego la vendió para dar de comer a las multitudes. Mas los jóvenes, protestaban arrepentidos y se dijeron a sí mismos:

“¡Qué tontos fuimos al haber salido de todas nuestras riquezas para comprar un diamante que ahora se vuelve pedazos y luego lo reconstruyen para repartirlo entre las gentes!” Pero Juan, que veía todas las cosas del cielo y de la tierra –y sabía transmutar el plomo en oro–, hizo traer de las orillas del mar, por allí cerca, unas piedras y unas cañas –piedra, símbolo de la Piedra Filosofal, el sexo, y la caña símbolo de la espina dorsal, pues allí está el poder para transmutar el plomo en oro–, y después de convertir aquéllas cañas y piedras en oro, les devolvió las riquezas a los jóvenes; pero les dijo: “Habéis perdido lo mejor. Os devuelvo lo que disteis, pero perdisteis lo que habíais logrado en los mundos superiores”.

Luego acercándose a una mujer que había muerto, la resucitó. Ella entonces contó lo que había visto fuera del cuerpo y también se dirigió a aquéllos jóvenes, diciendo que había visto sus Angeles Guardianes llorando y en grande amargura, porque ellos habían perdido lo mejor, por las vanas cosas perecederas. Es claro que los jóvenes se arrepintieron, devolvieron el oro a Juan, y Juan volvió a trocar ese oro en lo que era, cañas y piedras. Se convirtieron en sus discípulos.

Así pues, Juan y la “Orden de San Juan” nos invita a pensar. Juan es patrono de los que hacen oro; nosotros necesitamos transmutar el plomo de la personalidad en el Oro vivísimo del Espíritu. Por algo es que se llama, a los grandes Maestros de la Logia Blanca, “Hermanos de la Orden de San Juan”. Muchos creen que Juan, el Apóstol del Maestro Jesús, desencarnó; mas él no desencarnó. Viejas tradiciones dicen que hizo cavar su fosa sepulcral, se acostó en ella, resplandeció en luz y desapareció, la fosa quedó vacía. Nosotros sabemos que Juan, el Apóstol de Cristo, vive con el mismo cuerpo que tuvo en la Tierra Santa y que vive precisamente en Agarta, en el reino subterráneo, allí donde está la orden de Melchisedeck, y que acompaña al Rey del Mundo; vean ustedes cuán interesante es esto.

Entrando pues en el Magisterio del Fuego, –debemos definir algo para aclarar–, se hace necesario, como les digo a ustedes, transmutar el Esperma Sagrado en energía. Cuando esto se logra, deviene el Fuego que sube por la espina dorsal, y comienza a realizarse la Gran Obra. Necesitamos crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, más eso no es suficiente. Es necesario, es indispensable, es urgente recubrir esos Vehículos, después, con las distintas partes del Ser; mas, para recubrirlos hay que perfeccionarlos, convertirlos en Oro puro, en Oro Espiritual de verdad. No se extrañen, pues, que Juan o que Santiago tengan un Cuerpo Astral de oro puro, un Mental del mismo metal, o el Causal, o el Búdhico, o el Atmico; ellos lograron realizar la Gran Obra.

Si por algo el Conde San Germán podía transmutar el plomo en oro, es porque él mismo era oro. El Aura del Conde San Germán es de oro puro; los átomos que forman esa Aura, son de oro, y los Cuerpos Existenciales Superiores, son de oro de la mejor calidad. En esas condiciones, él puede echar una moneda en el crisol, sí, derretirla, y luego, con el poder mismo que lleva adentro, transmutarla en oro puro, porque él es oro. Eso es lo que se llama “realizar la Gran Obra”; en esto hay grados y grados. Primero hay que alcanzar la Maestría, después tenemos que convertirnos en Maestros Perfectos y mucho más tarde alcanzar el grado de Gran Elegido. Gran Elegido y Maestro Perfecto, es todo el que ha realizado la Gran Obra.

Así como nos encontramos, realmente estamos mal. Nosotros necesitamos pasar por una transformación radical y eso solamente es posible de verdad, destruyendo los elementos inhumanos y creando los humanos, sólo así marcharemos hacia la liberación final.

En la Catedral de Notre Dame de París, como les digo, en un rinconcito está la Piedra Maestra, o la Piedra del Angulo –que los edificadores de todas las sectas, escuelas, religiones y demás rechazaron–, Piedra escogida, preciosa, pero tiene la figura de Lucifer; esto asustaría a los profanos. Incuestionablemente, mis caros hermanos, sólo allí –en el sexo–, podremos encontrar ese principio luciferino que será la base misma para la Auto-Realización.

Pero, ¿por qué Lucifer es el Hilo de Ariadna? ¿Por qué es precisamente él, quien ha de conducirnos hasta la liberación final, cuando en verdad se le ha tenido por el enemigo? He dicho muchas veces, y lo he afirmado enfáticamente en esta cátedra, que es la reflexión del Logoi Interior dentro de nosotros mismos, la sombra de nuestro Intimo Dios, en nosotros y para nuestro bien, pues es el entrenador.

Dios no puede tentarnos, nos tientan nuestras propias concupiscencias, así lo enseña Santiago, el Patrono de la Alquimia, el Patrono de la Gran Obra. Entonces, ¿qué es lo que hace Lucifer? El se vale de nuestras propias concupiscencias, las hace pasar por la pantalla del entendimiento, con el propósito de entrenarnos psicológicamente, de hacernos fuertes; mas si fallamos, fracasamos en la Gran Obra. Sin embargo, podemos fallar y rectificar, si rectificamos, triunfamos en la Gran Obra. Cualquiera puede fallar, por sus fallas sabe que tiene delitos que corregir, que eliminar. Así Lucifer nos entrena, nos educa, nos forma, y a fuerza de tanto entrenamiento nos libera, nos va conduciendo de esfera en esfera hasta nuestro Hiram Abbif.

Lucifer es pues, el Hilo de Ariadna que nos lleva hacia nuestro Dios Interior, que nos saca de este doloroso laberinto de la vida, mediante el trabajo esotérico; una y otra vez hace pasar por la pantalla de nuestro entendimiento, nuestras propias concupiscencias, no son otras, sino las nuestras. Vencerlas, eliminarlas, desintegrarlas, volverlas polvo, es lo indicado, así, da cada vez más pasos y pasos avanzados, así vamos partiendo del centro del laberinto hacia la periferia, para llegar un día hasta nuestro Dios. Esa es la labor de Lucifer, él es el Hilo de Ariadna, él es la Piedra Filosofal. Por algo es que los peregrinos de la Catedral de Notre Dame de París, apagan sus veladoras en las fauces pétreas de Lucifer, en la Piedra del rinconcito, como se dice por allí.

Se ha hablado de poderes mágicos, sí, podemos llegar a tenerlos, pero necesitamos incuestionablemente crear mucho dentro de nosotros y destruir demasiado, hay mucho que nos sobra y mucho que nos falta. Todo el mundo cree que poseemos los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, y eso no es así. Se hace necesario crearlos, y no es posible crearlos sino en la Forja de los Cíclopes, es decir, mediante el trabajo sexual. Se nos dirá que somos fanáticos del sexo.

Se equivocan, lo que pasa es que tenemos un “laboratorio” y es nuestro propio cuerpo, y un “hornillo del laboratorio” –el Fuego del Alquimista–, y un “crisol” –que está en el sexo–, he allí la “materia prima” de la Gran Obra, el Esperma Sagrado; transmutarlo es indispensable, convertirlo en energía y para poder luego con esa energía, y con lo que ella contiene, crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, eso es lo vital, lo indispensable.

Llegará un día en que habremos de pasar más allá del sexo; sin haber llegado a la meta eso sería tanto como querer bajarnos del tren, antes de llegar a la estación, como querer bajarnos del autobús o “camión” donde vamos, antes de llegar a la meta que nos hemos trazado. En el sexo hay que crear y hay que destruir. Crear los Vehículos Solares, es necesario para que nuestro Dios Interior pueda resucitar en nosotros, y eliminar los elementos inhumanos que llevamos dentro.

Todos reunidos aquí debemos comprender. No basta con que ustedes escuchen lo que estoy diciendo; es necesario que lo realicen, porque la fe sin obras es fe muerta, se necesita que la fe vaya acompañada de la obra. Hay que realizar la Gran Obra, mas no basta con tener fe en la Gran Obra, hay que realizar la Gran Obra. Y el resultado final de la Gran Obra, ¿cuál será? Que cada uno de nosotros se convierta en un gran Dios, con poder sobre los cielos, sobre la tierra y sobre los infiernos, eso es el resultado final de la Gran Obra; cada uno de nos convertido en una majestad, en una criatura terriblemente divina. Mas hoy por hoy, debemos reconocer que ni siquiera somos humanos; únicamente somos humanoides –en forma más cruda diría que somos mamíferos intelectuales y nada más–, pero podemos salir de este estado en que nos encontramos mediante la Gran Obra.

Hiram Abbif es el Maestro Secreto, el Tercer Logos, Shiva, el Primogénito de la Creación, nuestro Real Ser Interior Divino, nuestra Mónada verdadera e individual; necesitamos resucitarla, porque está muerta dentro de nosotros, aunque esté viva para los mundos inefables.

Raimundo Lulio realizó la Gran Obra: recibió en el Mundo Astral el Gran Arcano, y fue con esa llave maestra como pudo trabajar en la Gran Obra. Raimundo Lulio, indubitablemente, conoció fuera del cuerpo físico lo que es la Sagrada Concepción de la Madre Divina Kundalini Shakty. Al conocer como se realizaba esa Sagrada Concepción, se propuso materializar desde lo alto la Sagrada Concepción en sí mismo, hasta que lo logró.

Indudablemente, la Madre Divina debe concebir por obra y gracia del Tercer Logos al Hijo. Ella permanece virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Ese Niño que Ella concibe, debe materializarse, cristalizar en nosotros desde arriba, desde lo Alto, hasta quedar revestido completamente con nuestro cuerpo físico, con nuestro cuerpo planetario. Al llegar a ese grado puede decirse que la Gran Obra se ha realizado; en otros términos, debemos resucitar a Hiram Abbif dentro de nosotros. He dicho. Samael Aun Weor

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