El marqués

GranadaFui (Samael Aun Weor) en España el marqués Juan Conrado. Para bien de la gran causa por la cual estamos luchando intensamente, prefiero pechar, asumir responsabilidades, pagar, confesar francamente mis errores ante el veredicto solemne de la conciencia pública.

Fehacientemente y sin ambages es oportuno declarar ahora que yo fui en España el marqués Juan Conrado, Tercer Gran Señor de la Provincia de Granada. Es evidente que esa fue la época dorada del famoso Imperio de España.

Como quiera que muchos nobles y plebeyos, aventureros y perversos, en busca de fortuna se embarcaban constantemente para la Nueva España, es ostensible que yo en modo alguno podía ser una excepción.

En una simple carabela, frágil y ligera, navegué durante varios meses por entre el borrascoso océano con el propósito de llegar a estas tierras de América.

No está demás aseverar vehementemente que jamás tuve la intención de saquear los sagrados templos de los augustos Misterios, ni de conquistar pueblos o destruir ciudades.

Anduve ciertamente por estas tierras de América en busca de fortuna, desafortunadamente cometí algunos errores. Estudiarlos es necesario para conocer las paralelas y verificar conscientemente la sabia Ley de Recurrencia.

Esos eran mis tiempos de boddhisattwa caído y por cierto que no era una mansa oveja. Han pasado los siglos y como quiera que tengo la conciencia despierta, es obvio que jamás he podido olvidar tanto desatino.

La primera paralela que debemos estudiar se corresponde exactamente con mi actual cuerpo físico. Habiendo llegado en frágil embarcación de la Madre Patria, me establecí muy cerca de los acantilados en estas costas del Atlántico.

Por aquellos tiempos de la conquista española, existía desgraciadamente el negocio internacional relacionado con la infame venta de negros africanos. Entonces, para bien o para mal conocí a una noble familia de color, originaria de Argelia. Todavía recuerdo a una doncellita tan negra y tan hermosa como un sueño milagroso de las mil y una noches.

Si compartí con ella el lecho de placeres en el jardín de las delicia, fue realmente movido por el incentivo de la curiosidad, quería conocer el resultado de ese cruce racial que de ello naciera un vástago mulato nada tiene de raro, más tarde vino el nieto, el bisnieto y el tataranieto.

En aquellos tiempos de bodhisattwa caído me olvidé de las famosas marcas astrales que se originan en el coito y que todo desencarnado lleva en su carmesí. Resulta palmario y manifiesto que tales marcas relacionan a uno con aquellas gentes y sangre asociadas con el coito químico; es oportuno decir ahora que los yoguis del insdostan han hecho ya sobre esto detenidos estudios.

No está demás aseverar que mi actual cuerpo físico deviene de la citada cópula metafísica; con otras palabras diré que vine a quedar vestido con la carne que llevo en mi presente existencia. Mis antepasados paternos fueron exactamente los descendientes de aquel acto sexual del marqués. Asombra que nuestros descendientes a través del tiempo y la distancia se conviertan en ascendientes. Es maravilloso que después de algunos siglos vengamos a revestirnos con nuestra propia carne, a convertirnos en hijos de nuestros propios hijos.

Viajes incesantes por estas tierras de la nueva España caracterizaron la vida del marqués y estos se repitieron en mis subsiguientes existencias incluyendo la actual. Litelantes como siempre estuvo a mi lado soportando pacientemente todas esas sandeces de mis tiempos de boddisattwa caído.

En llegando el otoño de la vida en cada reencarnación, confieso sin ambages que siempre hube de marcharme con la enterradora, quiero referirme a una antigua iniciada por la cual siempre abandonaba a mi esposa y que en una y otra existencia cumplió con su deber de darme cristiana sepultura.

En el atardecer de mi vida presente volvió a mí esa antigua iniciada; la reconocí de inmediato, pero como quiera que ya no estoy caído la repudié con dulzura y ella se alejó afligida. Revestido con esa personalidad altiva y hasta insolente del marqués, inicié el retorno a la Madre Patria después de cierta asquearte bronca motivada por un cargamento de diamantes en bruto extraídos de una mina muy rica.

Doctrina Gnóstica develada por Samael Aun Weor

 

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