La justicia divina

Si en un platillo de la balanza cósmica ponemos las buenas acciones y en la otra las malas y éstas últimas pesan más, es claro que la balanza se inclinara en nuestra contra, produciendo amarguras, más si ponemos buenas obras en el platillo del bien, podemos inclinar la balanza a nuestro favor, entonces nuestra suerte mejorará notablemente.

Quien tiene capital para pagar, paga y sale bien en los negocios, quien no tiene capital debe pagar con dolor.

La justicia divina está más allá del bien y del mal, hay quienes confunden esta ley cósmica con el determinismo y aún con el fatalismo, al creer que todo lo que le ocurre al hombre en la vida está determinado, es cierto que los actos del hombre están determinados por la herencia, educación y el medio ambiente, pero también el hombre puede modificar sus actos: educar su carácter, formar hábitos superiores, combatir debilidades, fortalecer virtudes, etc.

Los factores de la herencia están en los genes, esta palabra se deriva de la raíz griega de donde nacen las palabras génesis, generar, género, estos genes están dentro de los cromosomas. En los genes está la herencia de nuestros antecesores. 

En la herencia llevamos el resultado de nuestras buenas y malas acciones. Nuestra vida está inmersa en el mundo del “Samsara” donde el ser humano está sujeto al ciclo de nacimientos y muertes, debido a nuestros deseos, errores, ilusiones, etc. Cuando el alma se une con el Íntimo, ya no tiene karma que pagar porque “cuando una Ley inferior es trascendida por una ley superior, la ley superior lava a la inferior”

La Justicia, el rigor, y la misericordia son las dos columnas torales de esta Ley, la justicia sin misericordia es tiranía y la misericordia sin justicia es tolerancia, nunca debemos protestar contra el karma es mejor negociar, si nos encontramos en la miseria debemos revisar nuestra conducta, si nos encontramos sin trabajo debemos volvernos castos, caritativos, serviciales, si estamos enfermos debemos ayudar a otros a sanar, debemos buscar la causa de nuestros sufrimientos, comprender esas causas y eliminarlas. Alterando radicalmente la causa modificamos el efecto. “Al León de la Ley se le combate con la balanza” Haz buenas obras para que pagues tu karma. 

No penséis que he venido para invalidar la ley o los profetas; no he venido a invalidar sino a cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas”. (Palabras de Jesús El Cristo, transcritas por Mateo, Cap. 5, Versículos 17 y 18)

[...] Esto de la Justicia, pues, es importante. Claro está que existen dos tipos de justicia, y eso es antes que todo, lo que hay que clasificar. Porque una cosa es la justicia subjetiva y otra cosa es la Justicia objetiva.

Una cosa es la justicia de este mundo, los tribunales subjetivos y otra cosa son los Tribunales de la Justicia Celestial; son diferentes. Así pues, tiene que hacerse una plena diferenciación entre la justicia esta subjetiva, que se compra y que se vende, y la Justicia objetiva, donde no es posible sobornar al juez; es completamente diferente: Los Tribunales de la Justicia Celestial.

Vale la pena comprender esto de la Justicia; pero bueno, ¿qué puede saber la gente común y corriente sobre esto de la Justicia? ¡Absolutamente nada! ¿Qué saben de Justicia? ¿Qué puede saber la gente de Conciencia dormida sobre lo que es justo y lo sobre lo que es injusto? ¿Sobre lo que es bueno y sobre lo que es malo? ¡No saben nada de nada! Una cosa es buena cuando les conviene y mala cuando no les conviene.

Así son los conceptos del bien y del mal entre las gentes de psiquis subjetiva, entre las gentes de la justicia subjetiva. Pero, ¿tener Conciencia del bien y del mal? Sobre eso no tienen conciencia. Nada saben sobre lo que es bueno, nada saben sobre lo que es malo. Duermen profundamente, son máquinas. Máquinas que actúan movidas por fuerzas que desconocen.

Si una catástrofe, por ejemplo, que sucede en el Cosmos; el tipo de ondulaciones vibratorias que llegan y tocan las máquinas humanas, hacen cosas terribles, y millones de estas máquinas humanas se lanzan entonces a la guerra, contra otros millones de máquinas: máquinas contra máquinas. ¡Qué van a saber del bien y del mal! Enarbolan banderas, lemas... Dicen que van a pelear por la libertad, por la justicia, por la democracia.

No saben que son las fuerzas cósmicas de una catástrofe que hubo en el Cosmos y que les puso un «reloj». Podría esa gente saber sobre lo que es bueno, sobre lo que es malo... Indudablemente, en todo lo bueno hay algo de malo y en todo lo malo, hay algo de bueno. Hay mucha virtud en los malvados y hay mucha maldad en los virtuosos. ¿Podrían saber eso los dormidos? Si hasta con las mismas virtudes se puede hacer daño a otros...

¿Quieren saber ustedes un caso de mal que podría yo haber hecho? Alguien, cuyo nombre no menciono, imprimió algunas de mis obras, no en imprenta propia, sino en imprenta del gobierno. No lo hizo por mal sino por bien [...] Mas, sucedió que el gobierno lo supo; como quiera que ese «alguien» era administrador de la tal imprenta, obviamente el gobierno protestó; y se le llamó, pues, a juicio. Mas se requería de un cargo, de un testigo.

El acusado nombró como testigo a un [...] Dijo que él podría aseverar que ese «x fulano» era el que había mandado imprimir esas obras. Esas obras fueron, pues, financiadas por ese «fulano», por lo tanto, no era el gobierno el que había resultado de «paganini» en la edición de tales obras. Mas sucede que el «fulano», el supuesto testigo, pues, no tenía velas en el entierro; sin embargo, hombre amante de la verdad y de la justicia y de la rectitud, se dijo: ¿Qué debo hacer? Considero que este señor me ha nombrado a mí injustamente testigo. Ha dicho que yo le mandé imprimir obras para defenderse, pero yo no se las he mandado imprimir. Si digo que no, a la cárcel, si digo que sí, no va a la cárcel.

Pero, ¿cómo voy a mentir, si estoy acostumbrado a decir la verdad y nada más que la verdad? ¿Cómo voy a decir que sí le mandé editar tales o cuales libros si yo nunca se los he mandado editar? Sería una farsa, una mentira. Yo soy gnóstico, estoy en la senda de la rectitud, por lo tanto yo no voy a mentir. Incuestionablemente, con la virtud de la sinceridad y de la verdad, este hombre, de hecho, iba a condenar a un infeliz a la cárcel, ¿quién sabe por cuántos años, verdad?

Me pidió consejo. ¿Qué le dije? El consejo que le di, le dije: «Hombre, con las virtudes también se puede hacer mucho daño. No haga daño con las virtudes. Una virtud fuera de lugar se vuelve injusta. Entonces, ¿qué? Diga que sí, que usted mandó editar esos libros. Eran libros para la gran Causa, para el bien de la humanidad, libros como los nuestros... Bueno, él escuchó el consejo y allí admitió. A nadie causa daño con esa mentira, ¿a quién? Y en cambio, sí se evita a uno ir a la cárcel y dejar a una mujer y a unos hijos abandonados. Entonces con las virtudes también se puede hacer mal, claro está que sí. Es injusto usar las virtudes mal, porque se puede dañar con las virtudes a otros.

¿Ustedes creen que no fueron honrados, acaso, los verdugos de la historia? Ustedes creen que, por ejemplo, los verdugos aquellos de la guillotina en Francia, ¿no hicieron el pleno cumplimiento de su deber? Eran hombres cumplidores de su deber a carta cabal, y alguno de ellos hasta con sacrificio horrible, cumplió con su deber, y así dejaron caer la cuchilla de Gillette sobre las cabezas de los nobles, porque ellos eran cumplidores de su deber, su virtud era impecable en ese sentido, y cuánto daño hicieron con esa virtud del cumplimiento del deber.

¿Cuántos jueces justos, aparentemente, cumpliendo con su deber de jueces, han metido a muchos en la cárcel, a muchos inocentes en la cárcel. ¡Qué bueno es todo lo que está en su lugar! ¡Malo lo que está fuera de lugar! ¡Justo lo que está en su lugar, injusto lo que está fuera de lugar!

El fuego, por ejemplo, es justo y bueno, ¿dónde? En la cocina. Pero ¿qué tal el fuego en la sala, quemándonos las cortinas? Eso ya no es justo ni bueno, ¿verdad? Es malo e injusto. El agua en el lavamanos es justa, es buena, pero fuera del lavamanos, inundando las habitaciones, fuera de lugar es injusta, es mala. Así son las virtudes.

Ser tolerante por ejemplo, con las ideas ajenas es correcto; pero la tolerancia fuera de lugar, lo convierte a uno en cómplice del delito. Qué se diría, por ejemplo, de un padre de familia, gnóstico en un ciento por ciento, que tenga su mujer y sus hijas, que esté cumpliendo sus deberes tanto con su mujer como con sus hijas; tolerante hasta el máximo, se acostumbró a cumplir con las palabras del Evangelio que dicen: «Si te pegan en la mejilla derecha, pon la izquierda para que te suenen más duro».

Bueno, supongamos que se promueve un desastre, y un grupo de bandidos asaltan esa casa para matarle la mujer y violarle las hijas. Pero a él en el Evangelio se le enseñó a poner la mejilla derecha y a bendecir a [...] amar a los que te odian. Y entonces, en lugar de defender a la mujer y a sus hijas, bendice a los ladrones, a los bandidos: ¡Oh, ladrones! ¡Oh, bandidos! No hagáis eso, nunca lo volváis a hacer, porque con eso os echaréis gran karma encima... Os perdono. Los bandidos violándole las hijas o matándole a la pobre mujer. ¿Qué sería de un hombre así? Está cumpliendo aparentemente con el Evangelio, con la tolerancia, y perdona las ofensas, ¿no? Es una virtud fuera de lugar. Entonces, ¿qué hacer en ese caso? A Krishnamurti le hicieron la misma pregunta. No supo dar la respuesta exacta. Le dijeron:

Bueno y si tú, vas con una hermana e intentan violar a tu hermana, ¿tú que haces?

Yo no estoy en ese caso.

Pero, si estuviera más tarde en un caso así, entonces, ¿ya sabría que hacer?

Se salió por la tangente, pero no dio la respuesta como debería darla. La realidad de los hechos es que si un hombre en ese momento, no procede con energía, si no desenvaina la espada, si no apela a las armas y se traba en lucha a muerte con los asaltantes, obviamente, no solamente se convierte en cómplice del delito, queda mal allá arriba, sino que también queda mal aquí abajo con los jueces de la Tierra, porque hay leyes que lo castigan, en los códigos penales; por ejemplo, aquí en México, en el Código Penal, eso ya está estipulado, [...] pero aquí hay ya un artículo en donde se le considera como cómplice, y va a la cárcel por complicidad con el delito. No sé allá en otros países, España, Venezuela..., pero aquí sí. Bueno, ¿entonces que hay que hacer ahí? Pues morir peleándose, hay que morir, ¿no? Más vale morir peleando allí, por defender a su familia, caer en la lucha, que convertirse en cómplice del delito...

Así pues, una virtud fuera de lugar es injusta y es mala, y es virtud, pero es mala. Aprender a vivir con justicia, eso es lo importante. La mayor parte no sabe vivir justamente, hacen lo que no deberían hacer, creyendo ser justos. Reclamar uno sus derechos. No reclamar es convertirse en cómplice del delito. Si un «xx fulano», por ejemplo, nos debe una fuerte suma de dinero que estamos necesitando, pero él nos lo debe; tiene con qué pagar, estamos seguros que tiene, pero supongamos que no quiere pagar, que no le da su gana pagar. Nosotros tenemos, por deber, pedir entonces, reclamar nuestros derechos ante la justicia, ante los tribunales, ante la ley.

Cualquiera diría, «¡pero eso es absurdo!, siendo gnóstico, como es que lo va a acusar». No se trata de acusar, se trata de pedir, de reclamar sus derechos, que es diferente. De manera que vean ustedes lo que es la justicia. Y un gnóstico podría decir: «Yo te perdono» ¿Quién está perdonando a un señor que tiene dinero suficiente y no quiere pagar? Es un perdón fuera de lugar. Mas si estamos seguros de que no tiene, ya cambia la cosa, que Dios lo bendiga, queda perdonada esa deuda. Pero teniendo y estando en magníficas condiciones y no quiere, es un deber reclamar sus derechos.

Saber vivir de acuerdo con esa ley del equilibrio, he ahí lo fundamental. Muy pocos son los que saben vivir de acuerdo con la ley de la balanza. Ahora, hacer la justicia en uno mismo..., hay que saberla hacer. Hay que aprender a «hacernos» justicia.

Por ahí existe una antigua escultura, donde se representa a la Justicia como una dama inefable, con la espada desenvainada, parada sobre una piedra cúbica; en la derecha tiene una espada, en la izquierda una balanza, y en los platillos de la balanza, los pesos de la balanza; su vestidura y una corona de oro con la que toca su cabeza; usa túnica blanca y encima de sus hombros va el manto púrpura; esa es la Justicia. Esta escultura del rey Federico [...] pero hacer la justicia dentro de sí mismo, he ahí lo difícil.

Se necesita ser alquimista. Hay que empezar por saber qué cosa, que significa esa escultura, y no se entendería si no se fuera alquimista. Ante todo hay que saber de tres sustancias universales, de la que sale todo lo que ha sido, es y será: Sal, Azufre y Mercurio.

Nuestro cuerpo físico, en última síntesis, se reduce a Sal; el Azufre es el fuego sagrado y el Mercurio, la energía sexual.

¿Qué hay que trabajar? Hay que trabajar todo. Pues el Azufre y el Mercurio. El Azufre está, dijéramos, entre las prisiones del Mercurio, es decir, entre las prisiones de esa materia venerable que es el esperma sagrado. Mediante la «transmutación» se consigue liberar el Mercurio [...] por la que se viene a crear los cuerpos existenciales superiores del Ser. Se libera también al Azufre, el fuego. El Azufre hace fecundo al Mercurio, lo fecunda. Y Sal, Azufre y Mercurio se mezclan, penetran y compenetran, para cristalizar en cada uno de los cuerpos existenciales superiores del Ser.

De manera que los cuerpos existenciales superiores del Ser están compuestos por Sal, Azufre y Mercurio. Pero poseer esos cuerpos es una cosa y haberlos llevado a la perfección es otra cosa completamente diferente.

Cuando se quiere perfeccionar esos cuerpos, pues hay que eliminar todos los elementos indeseables que uno lleva dentro. Y entonces, esos cuerpos, trabajándose en esa forma, pasan por los cuatro colores de la Gran Obra: primero, asumen la forma aquella oscura y tenebrosa de Saturno. Después de eliminar los elementos indeseables, quedan los «vehículos» blancos, puros e inefables. Mucho más tarde ya se recibe el derecho a usar el manto amarillo o la túnica amarilla.

Por último, resplandecen esos cuerpos, convirtiéndose en «vehículos de oro puro», de oro de la mejor calidad. Cuando ya se tienen esos «vehículos de oro puro», pueden ser ellos recubiertos con las distintas Partes del Ser. Entonces el Cristo Íntimo resucita en uno, en el corazón de uno, para vestirse con esos «vehículos». Y el Cristo vestido con esos vehículos es la Piedra Filosofal.

Quién tiene la Piedra Filosofal, empuña la espada de la Justicia y la naturaleza le obedece.

He ahí los colores de la «piedra en bruto»: el negro, el blanco (de la blanca túnica), el amarillo (como la corona) y la púrpura de los reyes (del que ha hecho la Gran Obra). Ese es justo porque eliminó los yoes; ese es justo porque creo los cuerpos existenciales superiores del Ser; ese es justo porque el Cristo Intimo [...].

La balanza con los pesos..., son los pesos del Arte, de saber trabajar en la Gran Obra, de acuerdo con determinadas reglas, de cumplir con esas reglas: los pesos de la Justicia y los pesos de la Naturaleza y los pesos del Arte.

De manera que un individuo que se ha convertido en la justicia misma, es un Maestro auto-realizado y perfecto. Así que una cosa es un Maestro de Justicia de verdad, verdad y otra cosa muy diferente es pertenecer a los Tribunales de la Justicia subjetiva.

Para conseguir entrar ante los Tribunales de la Justicia Objetiva o Justicia Celestial, se necesita haber creado la Justicia en sí mismo, haberse convertido en un exponente de la Justicia. Si uno no ha eliminado el ego, no puede ser exponente de la Justicia; si uno no a creado los cuerpos existenciales superiores del Ser, no es exponente de la Justicia; si no ha dado su vida por sus semejantes, no es exponente de la Justicia.

Convertirse en exponentes de la Justicia Objetiva, eso es lo trascendental. Son pocos los que lo han logrado. Es, pues eso, lo que tengo que decir sobre la Justicia. Samael Aun Weor

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