La pereza

Tomás de Kempis

Thomas a kempisYo enseñé desde el principio a los profetas, y no dejo hasta hoy de hablar a todos, pero muchos se ensordecen y endurecen a mi voz. Los más escuchan con mayor gusto al mundo que a Dios; siguen más fácilmente los deseos de la carne que la voluntad de Dios.

Promete el mundo cosas temporales y viles, y con gran celo le sirven; prometo yo bienes inmensos y eternos, y los corazones de los mortales languidecen. ¿Hay quien me sirva y obedezca en todo con tanta diligencia como se sirve al mundo y a los señores del mundo?

"Debieras ponerte colorada de vergüenza, Sidón, le dice el mar" (ls. 23, 4). Y si preguntas la razón, óyela: por obtener un pobre beneficio, largo camino se corre; por obtener, la vida eterna, muchos apenas si alzan una sola vez un pie del suelo. Miserable ganancia se busca; se alterca a veces vergonzosamente por una moneda; por una cosa vana, y aun por la mera promesa de una pequeña cosa no se teme trabajar día y noche rudamente.

Pero, ¡qué vergüenza! Por el bien incomparable, por la recompensa grande sobre toda ponderación, por la honra más alta y la gloria interminable se siente pereza de fatigarse siquiera un poquito.

Avergüénzate, pues, siervo perezoso y quejumbroso, de que sean los mundanos más activos para su perdición que tú para tu salvación. Más se gozan ellos en la vanidad, que tú en la realidad. Sus esperanzas a veces les salen fallidas; mis promesas a nadie le fallan, ni dejan con manos vacías a quien en mí confía. Lo que prometí daré, lo que dije, cumpliré; pero a quien permanezca fiel a mi amor hasta la muerte. Yo soy quien premia a todos los buenos, y el fuerte que prueba a todos los devotos. Graba mis palabras en tu corazón, y estúdialas con esmero, porque en tiempo de tentación mucho las vas a necesitar.

Lo que no entiendas al leerlo, ya lo entenderás el día que te visite. De dos modos suelo visitar a mis elegidos: con tentaciones y consolaciones. Y diariamente les enseño dos lecciones: una, reprendiéndoles sus vicios; otra, animándolos a progresar en la virtud. Quien conozca mis palabras y las desprecie ya tiene quien lo juzgue el último día. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo (Extractos) .

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